España ha vuelto a decir no a Trump, ese potro desbocado que nos arrastra a un mundo en guerra, a una guerra del mundo. Las bases de Morón y Rota no se usarán para atacar a Irán, porque el Gobierno de Sánchez no le ha dado permiso a EE.UU., que se ha tenido que llevar los aviones. Justo lo contrario que hace una veintena de años, cuando Aznar se lio la manta a la cabeza y se fue con Bush hijo a invadir Irak.
El mismo Aznar, a través de Faes, condena ahora, sin atisbo de arrepentimiento, “el silencio cómplice” de Sánchez, refiriéndose a su falta de adhesión. Esta vez frente a Irán, como en 2003 ante Irak, el inquilino de la Casa Blanca obra a espaldas de la ONU. Bush pidió permiso al Congreso, pero Trump se ha pasado el Capitolio por el arco del triunfo.
La pregunta ahora sería si Feijóo nos hubiera embarcado en esta guerra. Un Feijóo en comandita con Abascal. Parece que sí, a la vista del fervor ‘trumpista’ que demuestra y de esa teoría del ministro belga de Exteriores, que, para adornar el apoyo a Trump, dice que, frente a la ‘realidad de los principios’, está el ‘principio de la realidad’. Groucho Marx lo dijo de otro modo: “Estos son mis principios, y si no les gustan, tengo otros.”
La UE está en pleno ‘papelón’ existencial, con el test de esta guerra, consintiendo los desvaríos de un presidente yanqui que ha declarado oficialmente a Europa “enemigo hostil”. Todo el mundo se ha enterado de que Trump está disparando sus últimos cartuchos, menos Europa. El senador republicano (el partido de Trump) Thomas Massie tuiteó ayer que “bombardear un país al otro lado del mundo no hará que los archivos de Epstein desaparezcan”.
Las encuestas lo desaprueban ahora por su implicación en los escándalos del pedófoilo, pero antes ya lo hacían por incumplir promesas electorales. Una de ellas era no meter al país en guerras. El que quería arrebatarle Groenlandia a Europa goza ahora de su predicamento. España, el patito feo de esa relación, es la la voz más crítica de la UE contra esta guerra. Sánchez sostiene que “se puede estar contra un régimen odioso y contra una acción militar injustificada”. Pero Francia y Reino Unido, con sus bases en la región bajo fuego iraní, se predisponen junto a Alemania a sumarse a los ataques, pese a que Chipre, primer país de la UE que ha sido blanco de un dron, prefiere ser “parte de la solución antes que del problema”, sin disparar un tiro. Un mundo basado en reglas cede paso a otro basado en la ley del más fuerte.
A un canario esa clase de porvenir le aterra, lastrado de amenazas e invasiones históricas, y siempre con la mosca detrás de la oreja, sin garantías del resguardo de Europa, por falta de carácter.
Este mundo es el wéstern de Trump. Su ‘furia épica’ contra los ayatolás tiene sus fans en España. Simpatizantes que en el PP encarnan personajes como Cayetana Álvarez de Toledo. Pero ese ardor guerrero llevó al PP a consecuencias catastróficas en 2004, cuando Rajoy pasó de favorito a derrotado en las urnas tras los atentados del 11-M.
El bombardeo de Irán fue acordado en diciembre con fecha de ejecución anterior al sábado, pero, al parecer, se filtró y se pospuso. O sea, las negociaciones eran un farol. Lo que ha traído consigo esta última versión del Trump beligerante -según él, a causa de no haber ganado el Nobel de la Paz- es que lleva una racha blanqueando a Putin, que se ha permitido recordarle -con toda su mala fama- la violación de una norma no escrita: respetar la vida de los mandatarios enemigos durante las guerras. El primer objetivo fue Ali Jamenei. El segundo, el colegio de niñas. ¿Quién se asombra de eso con Netanyahu por medio?
Si esta guerra va para largo -lo que más teme Trump, que ve crecer la lista de bajas-, entonces las temibles armas que Irán esconde en los silos subterráneos de sus montañas -las ‘ciudades de misiles’- no habrán sido destruidas por Israel y EE.UU. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, dice que esta “no es una guerra de cambio de régimen”, sino para que Irán no tenga el arma nuclear. Nadie le cree. En el Pentágono admiten: ”Será difícil y complicado”. En una foto, ayer en la Casa Blanca, se cruzan Trump y Hegseth, y ni se miran, con caras de circunstancias.
El gas ya se dispara y el petróleo hará lo propio con el cierre del estrecho de Ormuz. Todo pende de hilos muy finos, sin que nunca sepamos si un presidente acorralado por las encuestas y la Justicia desearía el peor escenario para suspender las elecciones de medio mandato de noviembre. Wang Yi, ministro chino de Exteriores, conminaba ayer a que el fuego se acabe ya, antes de que llegue a lo que llamó “un punto incontrolable”. Está en manos de Pekín y Moscú convertir esta guerra no ya en regional, sino en mundial.
