Don García, además de poeta satírico, quevediano irredento, fue notario. Yo, en su día, hace mucho porque discurría el año del Señor de 1994, le edité un libro que él tituló Cien sonetos cochinos. Y uno de ellos, el 45, lo distinguió con el encabezado: Cagar en el Golf. Este soneto se lo dedico a mis amigos jugadores de golf, que son unos cursis de campeonato y que se pasan el día hablando de bolas y de hoyos, que en sus torpes manos son incompatibles. El soneto reza: “Siento que estoy a punto de cagarme/cuando al hoyo final aún no he llegado;/ no encuentro más lugar donde ocultarme/que un búnker que muy cerca está excavado/. Termino, mas no sé con qué limpiarme;/ no hay hierbas, ni papel, tan solo arena;/ al final me decido a descalzarme/y hacen los calcetines la faena/. Resulta una evidencia descarada/dejar allí la rosca abandonada/pero estoy aviado si me amocho/. Formo con calcetines y cagada/una pelota dura y apretada/que introduzco en el hoyo dieciocho”. Quevedo no lo hubiera hecho mejor, en su genial producción, que Don García, que ya dije que es hombre de leyes y disfruta de una merecida jubilación. No sé si seguirá dándole al soneto, pero yo que he viajado con él por algunas partes del mundo (Venecia, Buenos Aires, Iguazú) doy fe, hurtándole a mi amigo sus atribuciones, de su buen humor y de su infinito ingenio. No quiso revelar su identidad, porque cuando el libro apareció él ejercía como fedatario público, pero con el Hoyo 18 retrató a esos personajes que se pasan el día bajando el hándicap e imitando, sin suerte, a Severiano Ballesteros y a Tito Abréu. Quevedo, desde luego, no sabía lo que era el golf, pero no dudo de que el genial miope, que tan bien retrató al hombre a una nariz pegado (dedicado a Góngora y Argote y dos piedras), hubiera reconocido a nuestro notario poeta.
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