por qué no me callo

El doble de Jesucristo contra el papa

El presidente y el papa, un español y un descendiente de canarios, han coincidido, sin ponerse de acuerdo, en cabrear a Trump con el no a la guerra. León XIV y Sánchez comparten tesis y reciben críticas desde la Casa Blanca. Trump sigue dando señales de alarma, ahora, fingiendo ser Jesucristo, y tiene una mala racha con fracasos en las negociaciones con Irán y en las urnas de Hungría.


El “no tengo miedo a Trump, seguiré hablando contra la guerra”, del papa, este lunes, camino de Argel, y el “no a la guerra” del líder del PSOE van ganando terreno incluso en EE.UU., en el seno del movimiento MAGA, que llevó al republicano al poder, ahora dividido por la crisis de Oriente Medio. A Trump, su complot con Netanyahu le está costando caro. Uno de sus mayores avales mediáticos, el periodista conservador Tucker Carlson, lo acusa de traicionar el lema de América First, al consentir que otro país, Israel, “secuestre la soberanía de EE.UU.” con esta guerra. Carlson coincide con el papa, y afirma: “Jesús no mandó a sus discípulos a matar a nadie”.


La guerra de Trump y el israelí se ha convertido en una cruzada del cristianismo contra el Islam. Y el sábado, en una vigilia de oración por la paz, desde la basílica de San Pedro, el papa, que había criticado ya los rezos a favor de la guerra, en alusión a una escena en el Despacho Oval, estalló clamando: “¡Deténganse!¡Es tiempo de paz!”. Y lanzó esta punta a un destinatario inconfundible: “¡Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero!”. Trump no pudo más y cargó este domingo contra el papa como si fuera el ayatolá.


No era su mejor día. En las calles de Budapest, el mismo domingo, había una gran euforia por la caída del ultra Viktor Orbán, tras 16 años gobernando con mano férrea, pese al apoyo electoral de Putin y Trump (que desplegó a JD Vance en persona para rescatarlo antes de que se votara). Nada impidió el aplastante triunfo de Péter Magyar, el líder de Tisza, un mosaico de derecha e izquierda, con liberales, progresistas y ecologistas. La UE se vengaba de su piedra en el zapato, el espía del Este que torpedeaba, cada vez que podía, sus estrategias comunes con el rejo iliberal (autoritario) de la extrema derecha trumpista. Esta contraola de fin de ciclo sintoniza con el sector enfrentado a Trump en Europa desde que Sánchez se opuso al uso de las bases militares en la guerra y el yanqui pretendiera apropiarse de Groenlandia.


La oposición española se ve interpelada por el nuevo escenario que despunta con este giro copernicano en Hungría, bajo el eco de las bombas de Irán. Vox queda huérfano de su principal patrocinador, y al árbol de la derecha, desde Feijóo a Abascal, se le plantean serias dudas sobre la clase de sombra que la cobije a partir de ahora, una vez que el trumpismo ha entrado en una recesión electoral. Feijóo y Abascal picaron en el anzuelo de la guerra cuando Sánchez era el apóstata de la alianza atlántica. Ahora, se ha sumado el papa a esa guerra a la guerra con armas y bagajes.


La inminente visita de León XIV a España, en medio de este pulso insólito entre la Casa Blanca y el Vaticano, tras la ira desatada por Irán, tendrá efecto en la opinión pública. El papa no piensa callarse, y es de todos conocido su doble eje angular: el no a la guerra y el no al rechazo a la inmigración. La derecha sabe el impacto que tendrá la visita del papa, pocos meses antes de las próximas elecciones generales en este país. Y en una Europa que ya no es la misma desde el domingo, tras extirparse el colmillo de Orbán. Y tras enseñar el suyo un Trump irreverente -o algo peor- con la figura del papa.


Trump, derrota tras derrota, sin acuerdo en Islamabad con los iraníes y enfrentado a sus propios edecanes mediáticos, ha perdido los papeles, ha perdido la cabeza y ha perdido en las urnas, donde no gana desde que gobierna, tanto en Nueva York como en el resto de comicios locales y estatales. El domingo en que su estrella se apagó en Budapest se le ocurrió el disparate de disfrazarse de Jesucristo y abrir fuego contra el obispo de Roma.


Ese domingo del desastre húngaro, que vamos a recordar por mucho tiempo, cogió el móvil y, en un arrebato, tras anunciar el bloqueo de Ormuz, se abalanzó sobre Robert Prevost, con un tuit largo y desnortado en su red social, Truth. Llamó al papa “débil ante la delincuencia”, “nefasto en materia de política exterior”, lo acusó de “complacer a la izquierda radical” y sostuvo que le debía el cargo, porque, según él, fue elegido por ser estadounidense, “porque se creía que era la mejor manera de gestionar la relación con el presidente Donald J. Trump. Si yo no estuviera en la Casa Blanca, León no estaría en el Vaticano”. Lo siguiente fue publicar una imagen suya, concebida por inteligencia artificial, donde aparece caracterizado de Jesucristo sanando a un enfermo.


A un Trump demencial, que cada vez se supera a sí mismo sobre el fino alambre de la cordura, el papa respondió sencillamente: “No le tengo miedo”.

TE PUEDE INTERESAR