Hay una leyenda, que no sé si es urbana o interurbana, como las guaguas, que asegura que los franceses no son muy dados al agua. A ducharse, digo. Claro, que nunca se debe generalizar, pero una escritora española, Begoña Imaz, sostiene que Luis XIV, aficionado a los perfumes y a las guerras, sólo se bañó tres veces en su vida. Supongo que cuando lo restregó la partera y dos más. Y este rey francés, cuya frase (apócrifa) más afortunada fue: “El Estado soy yo” (a ver, ¿dónde habré escuchado yo eso?), llamado también el Grande y el Rey Sol, era un jediondo de marca, a juzgar por los datos disponibles, que no son demasiados. Luis XIV, más que el Rey Sol, el Rey Jediondo, mantuvo relaciones con muchas mujeres entre ellas Madame de Maitenon, a quien le habrá pasado el queso; eso seguro. Cuentan que en Versalles, el palacio que mandó construir el monarca y que hoy luce reluciente, que yo lo he visto, la peste a meados por las esquinas resucitaba a un muerto y que los nobles defecaban en los pasillos, como si tal cosa, junto a las botas de los alabarderos. Yo siempre había notado que el Cuerpo de Alabarderos era muy sufrido, sobre todo en la época de Luis el Jediondo. Sin embargo, el Rey Sol era muy aficionado a perfumes derivados de los frutos secos, o sea que la avellana, la almendra y los demás multiplicaban por mil el pestazo que dejaba a su paso el monarca. Pero el tío, sin ducharse, logró vivir 76 años, de ellos 72 reinando, así que le auguro larga vida a algunos que yo me sé y que no ven el agua, aún en una época como esta en la que las cosas han cambiado. O yo creía que habían cambiado. Ay.
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