el chasnero

Modales

En una entrevista que compartí hace unos años, el ilustre chasnero Manuel Marrero Reyes, presidente histórico de la Bodega Cumbres de Abona y pionero del sector vitivinícola en el Sur de Tenerife, me comentó una anécdota muy reveladora. Cuando era pequeño, me explicó, se trasladó con su familia desde Arico, su pueblo natal, hasta Santa Cruz. En su pueblo, Manuel había adquirido la tradicional y afable costumbre, de su pueblo y de todos los municipios de la Isla, de dar los “buenos días”, las “buenas tardes” y las “buenas noches” a todos sus vecinos.

Cuando se estableció con su familia y salía a las calles de Santa Cruz, el amigo Marrero se cruzaba en las aceras con ciudadanos, mayormente extraños para él, a los que igualmente distinguía con sus “buenas”. Le dolió a Manuel Marrero que, sin embargo, fueran pocos vecinos los que correspondían -en los mismos términos, como en Arico- a sus saludos.

Y me confesaba en la entrevista que -abatido ante el paisaje de la nula educación de sus nuevos vecinos- en esas situaciones, él, con indisimulable amargura, exclamaba hacia sus adentros: “¡Fuerte gente bruta!”.

Hoy, con la nula esperanza de recuperarlos, se hace necesario tratar sobre la pérdida de los modales. Bajo el paraguas de la igualdad, y con una indisimulada actitud edadista, se infantiliza irrespetuosamente a las personas mayores: muchos jóvenes dicen de “tú” a un anciano y se quedan más frescos que lechugas.

Debemos analizar, en este contexto educacional, la evolución de los valores, la pérdida de la autoridad y el comportamiento disruptivo del alumno ante el docente. Ya no sucede sólo que el alumno reniega del uso del “usted” cuando trata con su profesor, lo que en otro tiempo fue práctica universal e innegociable, sino que además, en ocasiones, puntualmente, con consentimiento y hasta impulso paterno, lo agrede. Antes, cuando el maestro entraba en el aula, todos seguíamos un ritual innato y nos poníamos en pie. Hoy, en muchos casos, y si no con chinchetas en su asiento, el educador puede ser recibido en el aula con una bomba fétida.

La descortesía, si no la agresividad y hasta la violencia, se hace particularmente apreciable en la carretera. Si te atienes con rigor a las normas de Tráfico y limitas tu velocidad en zonas urbanas, puede suceder que tengas detrás de ti, pegadito, empoderado de velocidad, tocándote insistentemente la pita, haciéndote peinetas y dedicándote todo tipo de insultos o amenazas, al nuevo “dueño” del asfalto. Me refiero al “laja”, quien conduce una versión rancia del coche fantástico, con cristales tintados, llantas de acero y diámetro 14, zumbido grave y tubo de escape libre. Adherido a ti como una garrapata, parece que está a punto de volar para adelantarte. Y no le digas nada, porque el especimen para el tráfico, se cruza delante de ti, saca una estaca y te golpea el protocerebro.

Ya nadie pide las cosas “por favor”, sino “por cojones”. Ya pocos hablan correctamente y sin groserías, sino a 180 decibelios y en un atómico volumen sólo equiparable al emitido durante su erupción por el volcán Krakatoa. Ya casi nadie da las “gracias”: hoy se reparten mayoritariamente las “desgracias”.

Antes, en las guaguas o en los centros de salud, jóvenes y adultos cedíamos nuestro asiento a las mujeres embarazadas, a las personas mayores y a las personas con movilidad reducida. Hoy, estos gestos de humanidad se han abandonado: un buen asiento, en una guagua, se ha convertido en la propiedad catastral del nuevo mulo. La empatía es historia. Este el tiempo del nihilismo.

Hace unos días, caminaba por un pueblo del Sur. Y vi a una señora, aparentemente octogenaria, sentada en un banco. La saludé cariñosamente:

“Buenas tardes, señora…”

A lo que me contestó: “Como me vuelva a dar las ‘buenas tardes’”, llamo a la Guardia Civil”

Así está el patio.

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