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Aquel vuelo

Volábamos entre Belfast y Edimburgo, en los ochenta, a bordo de un Vickers Viscount turbohélice británico, cuya fabricación comenzó en 1953. Se desató una terrible tormenta en la ruta. Habíamos salido de Belfast, una ciudad asediada por el terrorismo del IRA. Los responsables de nuestro hotel habían colocado sacos de arena en las puertas, para proteger a sus huéspedes de posibles atentados. Y bloques de hormigón, para impedir el acercamiento de coches bomba. No fueron días muy felices, aunque los años -yo tendría treinta y pocos- atenúan, por efecto de la juventud, la sensación de peligro. Asistíamos a una promoción de Canarias, porque entonces me invitaban a las principales. Era fundamental que aquí se supiera lo que un grupo de pioneros del turismo en las islas, entre ellos políticos, directores y propietarios de hotel, etcétera, hacían por la industria. Hay una persona que puede hablar mucho de esto, de lo que se consiguió entre todos, una mujer extraordinaria, que es Gloria Salgado. Y también Lorenzo Dorta, entonces consejero del Cabildo. Vuelvo al vuelo. El avión se meneaba de lo lindo y yo pensé que íbamos a estrellarnos en el mar, pero curiosamente no tuve miedo. Las azafatas lloraban, los pasajeros vomitaban, los equipajes de mano se caían de los contenedores superiores, que me parece que eran de malla, no estaban herméticamente cerrados. Ha sido mi peor experiencia en vuelo, incluida aquella de la dana, en el famoso vuelo de Spanair que no pudo aterrizar en Los Rodeos después de varios intentos, nos fuimos al Sur y el viento golpeaba el avión e impedía que se pudieran abrir las puertas, ya en tierra. El Vickers Viscount resistió la tempestad, no se partió en pedazos y aterrizamos en Edimburgo, con la sensación de haber escapado de una muerte segura. Algunas veces coincido, ya todos muy cascados, yo incluido, con algunos de los pasajeros que vivimos la experiencia. Gajes del oficio.

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