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Como una puta cabra

Entre la pelea política de las dos Españas, el Real Madrid y el barco, tengo la cabeza alborotada. No atino a lo que hago, no duermo, me encuentro desasosegado y tampoco me apetece hablar con nadie. Yo, desde el covid, no levanto cabeza y ahora, con el otro covid chimbo, tampoco hallo consuelo. Este es un país de noveleros. La gente fue al aeropuerto y al muelle a ver el operativo de la evacuación, en vez de irse a la playa; las redes sociales estallan a favor y en contra de Clavijo; la ministra antipática y el tal Marlaska vinieron en plan godos; y el barco, cuando escribo, todavía seguía allí, como el dinosaurio de Monterroso y los rinocerontes de Pablo Escobar, o del Chapo Guzmán, que no recuerdo bien, ni lo voy a mirar tampoco. Ahora los quiere comprar un indio rico para regalárselos a su mujer. Mejor, así no los matan a tiros en Colombia o por ahí. Los amigos me llaman para preguntarme por el hantavirus, pero ¿qué sé yo de eso? Parece que en mi condición de viejo cagalitroso tengo que ser sabio. Pongo la tele autonómica y mi sobreexposición a los datos sobre el famoso barco me causa tremendo dolor de cabeza. Sintonizo las televisiones españolas y lo mismo, un bombardeo. Y, para colmo, un médico al que lanzan en paracaídas en Tristán de Acuña para atender a un afectado y un siquiatra que se baja de la guagua de la UME en Tenerife: como quien va al mercado a comprar nabos, con la bata en la mano. Siempre hemos sido habitantes de islas surrealistas, pero todo esto riza el rizo. Me da que las redes sociales, la IA y la madre que las parió nos han vuelto majaretas. Estoy a punto del ictus, no aguanto más y espero seguir en el puto anonimato lo que me queda de vida. Lo juro por Tito Wissa.

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