Podría decirse que las palabras son como las células de fisión binaria: se reproducen por partición, siguiendo las leyes de la fonética histórica del idioma o por mera analogía con otras. Así, el verbo latino colocare, que dio en español colocar y colgar, o el nombre inglés football, que se convirtió también en nuestra lengua en las formas fútbol y furbo, según el registro lingüístico (formal o popular) de que se trate. Es lo que la pedantería académica suele llamar dobletes, si de la partición resultan dos palabras distintas, tripletes, si resultan tres, y así sucesivamente. Un aspecto importante de este particular fenómeno de enriquecimiento léxico de los idiomas es que sus resultados suelen ir acompañadas de cambios más o menos drásticos (generalmente, metonímicos, aunque también metafóricos) en la significación de la forma originaria; cambios que, pese a que en principio no suelen pasar de meras tendencias, con el tiempo, muchos de ellos terminan consolidándose de forma definitiva. Así, aunque la solución conservadora colocar del primero de nuestros ejemplos mantuvo incólume el significado ‘poner a alguien o algo en su debido lugar’ de la forma originaria (lat. colocare), la solución innovadora colgar lo modificó sensiblemente, convirtiéndolo en ‘suspender algo o a alguien sin que llegue al suelo’, totalmente consolidada en la totalidad del idioma. El fenómeno es especialmente fecundo en las hablas populares, que son los registros lingüísticos donde, como es natural, el sistema fónico, gramatical y léxico de las lenguas se muestra más creativo y fecundo, porque no tiene el freno o la brida de la lengua escrita. Es, en concreto, el caso del habla canaria, donde muchas de sus voces han devenido formas particulares, generalmente con significados total o parcialmente distintos de los originarios. Así el antiguo adjetivo jermoso devino jermoso ‘se dice de la cabra que tiene una mancha blanca grande por los costados’ y hermoso ‘bello’; el nombre ingeniera, ingeniera ‘persona que profesa la ingeniería y giñera ‘jaula con trampa para cazar pájaros’; el antiguo verbo esmayar, esmayarse ‘sentir hambre intensa’ y desmayarse ‘desvanecerse’; el gentilicio holandesa, ‘natural de Holanda’, y blandesa ‘se dice de la cabra de color blanco, generalmente con la ubre rosada’; el nombre propio Milán de la combinación hoja de Milán, milana ‘bandeja rectangular de hojalata donde se ponen los dulces para hornearlos’ y bilana ‘especie de torta hecha al horno en una milana’, en La Gomera; el antiguo participio de pasado ajogado, ajogado ‘guiso que se prepara el día de la matanza del cerdo’ y, en La Palma, ahogado ‘guiso hecho con papas y tocino’, en Lanzarote y Fuerteventura. A este fenómeno de bipartición, contribuyó poderosamente la enorme influencia que ejerció el portugués sobre la sociedad insular desde el siglo XVI hasta las primeras décadas del XVIII, principalmente, que dejó palabras como bico ‘pico de las vasijas’ , bellisco ‘cebo para pescar’, chumbo ‘peso del sedal de pesca’, goraz ‘besugo’, desinquieto ‘bullicioso’, leito ‘cubierta de proa y popa del bote de pesca’, himpar ‘hartar’, isca ‘cebo que se pone en el anzuelo’, liña ‘cuerda delgada’, mazaroca ‘piña de millo’ o bucio ‘caracol marino’, por ejemplo, meras cognadas de las españolas pico ‘parte saliente de la cabeza de las aves’, pellizco ‘porción pequeña de algo’, plomo ‘tipo de metal pesado’, voraz ‘que come mucho’, inquieto ‘bullicioso’, lecho ‘lugar en que se echa algo’, hipar ‘sufrir hipo’, yesca ‘materia muy seca que prende con facilidad’, línea ‘raya en un cuerpo cualquiera’, mazorca ‘piña del millo’ y buzo ‘persona que hace inmersiones bajo el agua’. Y lo más importante de este mecanismo de enriquecimiento léxico de los dialectos es que, con el tiempo, los materiales que produce pueden extenderse al resto del idioma. Es lo que sucedió en el caso de los andalucismos juerga ‘jolgorio, jarana’, doblete del español general huelga ‘interrupción colectiva de la actividad laboral’, y gualdera ‘cada uno de los tablones laterales de algunos armazones, como cureñas y otras’, doblete del español guardera ‘que guarda’, extendidos ya a la norma general. Lo que pone de manifiesto el importante papel que juegan los dialectos en la construcción de la lengua común, como no puede ser de otra manera, porque las palabras, las oraciones y los textos verdaderos son siempre creaciones de hablantes concretos, no de Estados, pueblos o instituciones más o menos académicas.
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