Hay personas que sostienen el mundo… y casi nadie las mira. El otro día, en un evento, salimos hablando de lo de siempre: de lo bien que estuvo, de los artistas, de la emoción. Comentamos detalles, recordamos momentos, incluso nos detuvimos en lo que se podría haber mejorado. Y, sin darme cuenta, hice lo mismo que hacemos todos. Me fui sin pensar en quién me recogió la entrada, en quién había preparado todo aquello para que saliera bien, en quién estuvo pendiente de que nada fallara, en quién se quedaba después, cuando ya no quedaba nadie, recogiendo lo que otros dejamos atrás. Y me incomodó. Porque no es solo en los eventos. Es en la vida. Caminamos por calles limpias sin pensar en quién pasó antes que nosotros, muchas veces de madrugada, para que todo estuviera en orden cuando saliéramos de casa. Entramos en un hotel y todo está en su sitio, impecable, como si nadie hubiera dedicado tiempo, esfuerzo y cuidado a dejarlo así. Nos sentamos en una terraza, en una consulta, en una oficina, y todo fluye con normalidad, como si nada de eso tuviera manos. Vivimos tranquilos sin ponerle cara a quien está pendiente de que todo funcione, de que todo esté en su sitio, de que lo pequeño no falle. Nos hemos acostumbrado a que las cosas estén bien sin preguntarnos quién hace posible que lo estén. Y, sin embargo, esa normalidad no es casual. Es el resultado de muchos trabajos discretos, constantes, a veces duros, que se repiten cada día sin reconocimiento. Y, aun así, cuando una se detiene -aunque sea un segundo- y mira, pasan cosas pequeñas que dicen mucho. A veces, cuando voy por la calle y saludo o doy las gracias a alguien por su trabajo, se sorprende. Hay una especie de pausa, como si ese gesto no fuera lo habitual. La mayoría responde: “Es mi trabajo”. Y es verdad. Pero precisamente por eso no deberíamos dejar de agradecer el tiempo, la atención, el cuidado que nos dedican cada día, aunque forme parte de su obligación. Si algo tengo claro es esto: que hay que mirar ahí. A quienes hacen que todo funcione sin hacerse notar, a quienes facilitan la vida de los demás sin esperar nada a cambio. Porque en esa forma de mirar también hay una forma de estar en el mundo. No es mala intención lo que nos hace pasar de largo. Es costumbre. Es prisa. Es esa tendencia casi automática a fijarnos solo en lo que brilla, en lo que se expone, en lo que recibe reconocimiento. Como si lo importante tuviera que ser siempre visible, siempre nombrado, siempre celebrado. Pero lo que sostiene de verdad casi nunca brilla. Son personas que están ahí antes de que lleguemos y después de que nos vayamos. Que no salen en la foto ni forman parte del recuerdo que contamos. Que no reciben aplausos, pero sin las que nada funcionaría. Personas que hacen su trabajo sin ruido, con una dignidad que damos por hecha. A veces pienso que no hace falta hacer grandes cosas para cambiar algo. Que bastaría con detenerse un poco más, con mirar de verdad, con reconocer -aunque sea en silencio- que detrás de cada espacio que funciona hay alguien que lo hace posible. Que la normalidad que tanto valoramos se construye sobre muchos gestos que pasan desapercibidos y asumimos como normales. Porque lo invisible no es lo que no está, es lo que, por costumbre, hemos dejado de ver.
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