El mes de abril se ha ido volando y, de repente, ha llegado mayo y aquí está, apenas naciendo. Sin embargo, a mí me gusta más el mes de abril aunque ya sea pasado, porque es que, en abril, pasan muchas cosas. A veces, llueve mucho, por eso de cumplir con el refrán, otras veces, se pone el tiempo calimoso y parece que el verano haya llegado antes de tiempo. En ocasiones, hay días libres y la gente aprovecha para disfrutar de la Semana Santa y del descanso. También hay cosas que pasan siempre, como la Feria de Sevilla, las alergias, mi cumpleaños y la fiesta de los libros. El 23 de abril todo el mundo lee. Las plazas se llenan de tantos libros como lectoras. Hay niñas, chicas, mujeres, muchachas, señoras. Hay lectoras. Hay ferias, firmas, lecturas. Y lectoras. Todo ello en un ambiente festivo acompañado de recitales, encuentros, flores y música.
Que el día del libro se convierta en un evento festivo es una buena noticia, porque abre este espacio literario a la ciudadanía, lo acerca al libro y a todo lo que de él se desprende, que es misterio, protesta, curiosidad, interés, saber, deseo, sorpresa y un ramillete de emociones que, sin duda, son el leitmotiv que nos impulsan a la lectura. Digo yo que para todo eso es que leemos, para descubrir que las cosas pueden ser diferentes, para recordar los amores y desamores olvidados, para encontrarte en el recuerdo de un personaje, para sentirte acompañada en la palabra, para recuperar la calma que lleva al sueño, para conversar con ese yo que habías desahuciado, para viajar a lugares lejanos, como esos que están muy adentro de nosotras mismas. Digo yo que para todo esto leemos: para descubrir que las cosas pueden ser diferentes. Digo yo.
Porque la literatura —ese arte que se expresa con palabras—, te interpela, te sorprende, te cuestiona, te sacude, te señala y te dice, chica, esta también eres tú y esto también es lo que te gusta y lo que no, lo que te pasó un día y lo que te habría gustado que pasara, esta página que te despierta no sé qué y esta otra que te deja indiferente, porque no te dice nada. “El libro no te dice nada”, afirmamos, como si los libros tuvieran la obligación de hablarnos, como si no fuera ya bastante con acariciarnos o tirarnos del pelo hasta llevarnos a un diálogo interno, a un interrogante que, de pronto, nos despierta del insomnio en el que vivimos. Y eso, ya de por sí, es mucho hablar.
En otras ocasiones, los libros son un eco, un Pepito Grillo que nos deja llenas de palabras flotantes. Algunas de ellas son suaves, como imaginar, baile, voz, arena o lluvia; otras, suenan rudas y tienen el tacto áspero, por eso se quedan revoloteando en la lengua, porque quieren ser compartidas, salir del espacio del yo para entrar en el nosotras, abandonar el silencio para hablar, gritar, incluso.
Es verdad que la literatura también es juego, es el cronopio de todos los cronopios, el que va directo a la casilla diez, aunque para llegar a este último número tengas que mantener el equilibrio y no siempre sea fácil, porque, de pronto, pasa un pájaro o un avión o alguien llora o dispara o grita y el juego se desmorona. Entonces, la literatura se convierte en algo más, en una bandera que ondea y que significa todo lo que los libros significan.
Una vez alguien afirmó “este libro es un peligro”. Alguien, en algún lugar, exclamó ¡cuidado!, que “no esté aquí algún encantador de los muchos que tienen estos libros” […] “porque todos han sido dañadores”. Miren a ver, dijeron ama y sobrina en El Quijote, y resultó que al final fueron muy pocos los libros que se salvaron de la quema. Pero eso solo es cuento y, además, queda lejos.
Hoy lo que toca es festejar abril, hacer una fiesta de este mes de la lectura. Porque en el mes de abril pasan cosas. Hay cosas que pasan siempre. O tal vez, no. Tal vez haya plazas en las que no hay libros ni lectoras. Tal vez, aún haya peligro y hogueras que silencian el saber, si es la mujer quien se esconde entre las páginas. Por eso, este mes es de los libros y del grito de todas aquellas que aún no pueden leer. De todas las mujeres que solo quieren llenarse de palabras.
Porque ella quiere leer. Leer en abril. También en mayo. Y estudiar y aprender en septiembre y en febrero y, otra vez, en abril. Mujeres, chicas, niñas que quieren leer.
Sostener un libro para ocultar el rostro*. Sostener un libro como un grito. Leer en silencio. Leer juntas. Pensar sin miedo. Compartir un verso. Leer en voz alta. Leer sin ruidos. Leer para el futuro porque “me di cuenta de que no sabía nada. [por eso] Leí todos los libros que pude*”. Leer en la sombra. Leer para escuchar. Leer para saber. Para existir. Leer una para ser todas.
*Este abril de 2026, mujeres afganas se juegan la vida y protestan contra los talibanes que les prohíben estudiar posando con el rostro cubierto por un libro abierto.
**Marjane Satrapi, Persépolis.
