Metiendo los dedos en la historia del fútbol, recuerdo las expresiones de periodistas y público, en pichinglis. El pichinglis es un dialecto surgido probablemente en el cambullón (la voz propia cambullón viene de come buy on: ven a comprar, o quizá de can buy on: se puede comprar a bordo). Los tinerfeños tenemos un idioma ribereño, lo mismo que los londinenses hablaban en cockney entre los cargadores del Támesis, sobre todo en el East End de la capital británica, donde nació la jerga. En la película My Fair Lady, el profesor Henry Higgins (Rex Harrison) y el coronel Pickering (Wilfrid Hyde-White) enseñan el inglés culto a la mal hablada señorita Elisa Doolitle (Audrey Hepburn). Aquí, en la isla, el pichinglis se trasladó al fútbol. A la falta se le denominaba “fao”, derivado del fould inglés. Y al off side, el fuera de juego, se le llamaba “orsay” en pichinglis. Domingo Rodríguez, fundador de Jornada Deportiva, que fue un grandísimo cronista, aunque muy forofo del Tete, y por tanto periodísticamente poco fiable, igual que yo lo soy cuando hablo del Real Madrid, escribía y pronunciaba “cona” cuando se refería al corner, que significa esquina en inglés y que se ha castellanizado con tilde; o sea, cuando se patea el balón desde el cuarto de queso donde ondean los banderines en los extremos del campo de juego. El pichinglis creó un montón de palabras nuevas, que sobreviven y conforman un particular vocabulario. A mí me encanta “guachimán”, derivado de watch man, el hombre que llevaba el reloj para controlar las horas de los trabajadores del muelle, y que ejercía funciones de vigilante, entre otros cometidos. Un guachimán es un guardián, un hombre que cuida una propiedad que siempre lleva consigo un perro y un palo, muy común en zonas rurales o en la vigilancia nocturna de una obra. El pichinglis es una joya, igual que lo es el cockney y el lunfardo en Buenos Aires.
