tribuna

Aitana

Una excursión rápida por la prensa. Noticias locales en La Vanguardia. “El juez imputa a la directora general de la Guardia Civil por el caso Leire”. “La Abogacía del Estado se persona contra Zapatero por el delito fiscal de las joyas”. Muchos de los apoyos declarados en los últimos días quedarán en el aire y ya son demasiados los periódicos que pasarán a engrosar la fachosfera. ¿Qué dirá Juliana? Otra noticia es que Feijóo defiende el derecho de los nietos a la nacionalidad española, con lo cual se desinfla esa burbuja de errores continuados. No viene bien la cosa para el Gobierno y la aclamación del Comité Federal pasa a ser flor de un día, como casi todo lo que acontece para conformar eso que llamamos normalidad. No tiene buen porvenir lo que se espera para septiembre. Los juzgados cierran en agosto, pero los chiringuitos de las playas estarán abiertos para comentar todas las cosas que quedan pendientes, igual que las asignaturas que hay que recuperar. No sé qué es peor. También leo que los muertos en el terremoto de Venezuela crecerán exponencialmente en los próximos días, a medida que se pierde la esperanza en los rescates. Hay una noticia que me trae un recuerdo personal: “Muere en Cuba Aitana Alberti León, la hija de Rafael y María Teresa”. La conocí en Málaga, en los últimos años del franquismo, cuando todos barruntábamos la transición y hacíamos lo posible para que se produjera de la manera menos traumática. Ahora no es igual. A partir de Zapatero y de los que ponen la mano en el fuego no es igual. Aitana era una mujer encantadora. Tenía mi edad. Entonces vivía con Pepito Jiménez Rosado, un diplomático que había sido agregado comercial en la embajada de Roma y fue abuelo de Alberto Ruiz Gallardón. En su casa pasamos veladas extraordinarias, en compañía de José María Amado Arniches, que resucitó a la revista Litoral, la de los poetas del 27, donde publicaba Rafael Alberti, y de un primo de Picasso, pintor naïf y experto en las distintas formas de freír el pescadito, llamado Manolo Blasco. Era un tiempo estupendo que reunía a gente estupenda, algo impensable ahora, pero que convocaba a una España madura que quería incorporarse a toda costa a la modernización efectiva del país. Aitana se había casado muy joven en Argentina con un fotógrafo llamado Manuco, del que se separó muy pronto, y después de Pepito Jiménez estuvo con un psiquiatra conocido, luego con un ingeniero canadiense para acabar en la Cuba de Fidel, disfrutando de las mieles de la Revolución. Alberti trajo de Argentina su canción “Se equivocó la paloma”, con música del pianista porteño Carlos Guastavino, que luego grabó en Italia Sergio Endrigo y más tarde versionó Joan Manuel Serrat. Aitana nos inundaba de dibujos de su padre y yo la recuerdo con sus ojos claros poseídos de una mirada de ensoñación. Se ha muerto a los 84 años, una edad en la que muchos andamos todavía vivos y coleando y, sobre todo, dueños del recuerdo que los demás no tienen, pero con el atrevimiento de juzgar la historia que nunca vivieron y otros les contaron. De todas las noticias que me han llegado me quedo con la muerte de Aitana, aquella chica argentina guapísima que andaba buscando un sitio en una España que le quedaba pequeña, o demasiado grande. No lo sé. Mi vida son la gente que pasó por ella. Algunos me dicen que es consecuencia de mi buena memoria, pero yo creo que se debe a la atención que le presto a las cosas que suceden delante de mis ojos. Adiós Aitana.

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