el chasnero

El pequeño Nicolás

Como ya les escribí en mi comentario de la pasada semana, víspera de la finalísima, en este tiempo es costumbre archivar los acontecimientos casi sin vivirlos, y, por tanto, podría dar la sensación de que refiero (España-Argentina) un acontecimiento antiguo, antediluviano, casi neolítico.

Obviamente, las crónicas están todas hechas, y, verificada la extraordinaria superioridad de España, certeza que no discute ni un solo ser vivo, los debates quedaron milagrosamente cerrados. “El juego de la selección de Luis de la Fuente desmanteló a la Argentina del mítico Messi, la abrasó con el juego, la fue pinchando con una sucesión de tiros blandos y la acabó rematando con un zurdazo”, escribió David Álvarez certeramente en El País, en una crónica que tituló, muy ingeniosamente, “España habita la Eternidad”. Es esta, supongo, una divertida manera de destacar que nuestra Selección no pasó por el Metlife Stadium con la sola intención de posar para Instagram, sino que nuestro equipo “vive para siempre en la Inmortalidad y tiene allí domicilio fijo, recibidor, buzón, alacena, fibra óptica, cuarto de apero, zaguán, excusado y una cama de matrimonio para las dos copas del mundo”.

El diario Clarín, quizás equivalente porteño de El País, reconoce que “ante una Argentina que se exprimió y entregó hasta la última gota de energía, la Roja marcó una superioridad infrecuente en una final, asfixió a su adversario desde el primer minuto, lo encerró contra su arco y convirtió al Dibu en figura”. “España tiene un título merecidísimo”, remata una crónica bastante más juiciosa, sin duda, que Paredes, agresor de Eric García, o Nahuel Molina, matón de Rodri, los dos únicos argentinos del mundo, hasta donde yo sé, que hicieron el papel de papafritas. Con el noble Scaloni al mando, Argentina asumió, con dificultades humanas comprensibles, la lección de la derrota. No participo de la inquina contra la albiceleste y mucho menos ahora que quedó huérfana.

En el análisis de las opiniones no faltan los homenajes envenenados, como los contenidos en la Prensa británica, especialmente despechada con la eliminación de Inglaterra en la semifinal por la propia Argentina. El diario The Telegraph se pasa tres pueblos, titula “Fútbol 1- Delincuentes 0” y desarrolla textualmente que “España gana el Mundial en un triunfo del fútbol sobre la delincuencia argentina”. The Sun da las “gracias a los dioses del fútbol por la victoria de España al mismo tiempo que se despide de los “matones de Buenos Aires”. Argentina no fue un equipo de monaguillos, pero tampoco llegó al estadio en un furgón de la Guardia Civil.

En Francia, el diario L,Equipe señala a los españoles como los nuevos “reyes del mundo” y sentencia que “la Roja ya es la mejor selección del mundo del siglo XXI”. En Italia, La Gazzeta dello Sport refiere que “España tiró diez veces más a puerta que Argentina” y que “esta es una de las victorias más merecidas en la historia de las finales de la Copa del Mundo”. A pesar de que cayó ante España en la semifinal, la Prensa gala dio -ante la “Pérfida Albión”- una lección de dignidad. Francia vio la final y analizó fútbol. Inglaterra vio la final y abrió diligencias.

Por otro lado, Tuttosport y La Stampa recogen el momento en el que los nuestros levantan la Copa del Mundo y cómo Trump intenta colarse y salir en la foto como un Rodri más. Fue el momento más absolutamente grotesco de la final y Donaldólar fue un calquito del pequeño Nicolás. Mientras Infantino intentaba sacarlo del lugar, con grave riesgo para su cuenta corriente, el VAR revisó -durante casi media hora- si el zanahorio pertenecía a la convocatoria de Luis de la Fuente o se había colado por la puerta VIP con el mismo descaro con el que un cuñado entra en una chuletada ajena, y, sin más ni más, pega a preparar un pringo.
En realidad, Trump no quería levantar la Copa, sino que la Copa lo levantara a él.

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