tribuna

El valor de las cosas robadas

Raskolnikov, el personaje de Crimen y castigo, de Dostoyevski, asesina a una vieja usurera y a su acompañante para robarle unas joyas que no valen nada. Es un error, pero Raskolnikov es una mente desviada que no distingue entre el bien y el mal, un desgraciado que solo merece figurar en el argumento de una novela para ser compadecido por los lectores. Si las joyas hubieran tenido un gran valor quizá su justificación habría tenido otro sentido: la crítica lo podría haber salvado o convertirlo en un ser más despreciable de lo que era realmente.

También en A sangre fría, de Truman Capote, una pareja de criminales amorales asesinan a una familia de Kansas y después no encuentran nada de valor en la caja fuerte. Es el relato de la frustración, que en el caso de Capote se refiere a un hecho real. A veces se arriesga por nada y otras por mucho. Los asesinos de Kansas fueron ejecutados en la horca y tardaron más de 20 minutos en morir. Capote intenta extender un manto de simpatía sobre estos desarraigados que le cuesta una crítica feroz por un supuesto acercamiento homosexual a los condenados y por un comportamiento no muy aceptable por los cánones de la corrección. Su novela aún no ha sido comprendida del todo. A pesar de ello abre una polémica sobre la pena de muerte que es seguida por Harper Lee, la autora de Matar a un ruiseñor. Ahora debatimos en España sobre una situación parecida. El supuesto delincuente argumenta que aquello que le ha sido descubierto y que echa por tierra su prestigio de honestidad, en realidad no vale nada, para así equipararse al frustrado Raskolnikov y a los desgraciados protagonistas de “A sangre fría”. No sé por qué la literatura me lleva a hacer estas comparaciones. Lo cierto es que, aparte de las connotaciones criminales, el caso de unas joyas aparecidas en una caja fuerte demuele la confianza en unas esperanzas políticas con mayor contundencia que lo hiciera el comportamiento de dos delincuentes vulgares. Arrastra con más cosas, arrasa con más valores, y no debería estar considerándose como un asunto formal del que el buen nombre se pueda conservar solo por unas estrategias procesales. Harían bien los que protegen este proceso en alejarse lo más posible de sus consecuencias como hacen la mayoría de los que los apoyan. Sin embargo, esto no es así, y se aferran a la defensa de un argumentario sin futuro que los arrastrará al fracaso. El valor de las joyas se convierte en un agravante desde el momento en que se las intenta minimizar, reconociendo que el escándalo está en proporción directa a la cuantía del botín. Las joyas no valen nada es como decir que en la caja fuerte de la familia asesinada en Kansas no había algo que mereciera la pena, o que a Raskolnikov no le salió rentable matar a la vieja porque con ello no consiguió resolver su situación económica. Existe mucha hipocresía en la realidad y mucha verdad en la versión que hacen las novelas de ella. Al final, me quedo siempre con los libros, aunque me tachen de loco como a don Quijote por leer demasiados. Somos lo que se ha escrito. Así está hecho el mundo.

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