el chasnero

La finalísima

Es irrefutablemente cierto que España dio un extraordinario recital de fútbol ante Francia. El juego y el resultado cobran especial valor teniendo en cuenta que nuestra Selección se desempeñaba ante Francia. Los galos venían invictos, inmaculados y favoritos. Pero, finalmente, Didier Deschamps, como Napoleón en Waterloo pero con el brazo fuera del terno, debilitó el lema de la Revolución (1789), que se quedó así: “Liberté, egalité, eliminé”.

Y pocos dudan que Argentina, nuestro rival mañana en la finalísima, se coronó como campeona de las agonías y las embolias. Debió disputar y ganar una prórroga ante Cabo Verde en dieciseisavos; empezó perdiendo (0-2) y remontó ante Egipto (3-2), en octavos; también necesitó prórroga para superar a Suiza en cuartos; y, en semifinales, tras arrebatar el desfibrilador al médico, tardó siete minutos en electrocutar a Inglaterra.

De todas las maneras, estos datos ya son historia, porque, en la sociedad de la información y con los recursos de las nuevas tecnologías, archivamos y apenas vivimos los acontecimientos. El España-Francia, del pasado martes, lo encuadramos en la era de la cosmovisión maya. Y el Argentina-Inglaterra, del miércoles, se nos antoja más antiguo que el violín de Atahualpa Yupanki.

Hoy tendremos otro partido, llamado de consolación, que no vivificará a nadie y cabreará a todos sus protagonistas. Eliminados y eliminés piden vacaciones por señas, y, sin embargo, son enjaulados con una absurda pachanga en el Miami Stadium. Habría sido más terapéutico y divertido dilucidar la medalla de bronce con el nuevo formato triangular de las Fiestas Patronales, una liguilla de casados, solteros y divorciados. Pero Infantino no tiene sentido del humor, sino sentido del negocio, y, validado como un perfecto pedrín, empinamiento literal por los flashes y las fotos.

El presidente de la FIFA pasará a la historia como el único hombre capaz de convertir un Mundial en una saga de Netflix, pero, ya les digo, los historiadores no dan avío. Aquí, el único que no se deja archivar es Lionel Messi, quien, mientras no se demuestre lo contrario, es el macho que más mea, o, si lo prefieren, el mejor jugador del mundo. Dicen que no corre, sino que sólo camina, y, si usamos la estadística, descubrimos que hace 8 km, de los que camina más de la mitad, 4,5 km por partido. En esa estadística, es el peor de la lista de Opta Analyst, la plataforma de análisis estadístico más reputada del mundo. Pero este dato hace más grande su milagro personal. “Caminando”, Messi es el máximo goleador del Campeonato, igualado a Mbappé, con 8 tantos, y, 1 más que el francés, 4 asistencias. Leo es el que menos corre, pero es también el que mejor piensa y decide: él no trota con las piernas, sino con el cerebro, y, cuando se pone en modo ebullición, tiene un reprís brutal.

Por tanto, la gran traquina táctica de Luis de la Fuente no es parar a Messi. El riojano, y nuestros jugadores, deben evitar que el argentino piense. Si alguien lo consigue, y hay que hacerlo por activa o pasiva, que llame a la comunidad científica. Tácticamente, hay que reducir la opción de que levante la cabeza, cerrarle líneas de pase, evitar pérdidas en la salida del balón, obligarle a jugar de espaldas, y, hasta dónde se pueda y se deba, plantearle una disputa emocional.

Dicho todo esto, con absoluta sinceridad, también debemos ponderar que -sin duda- España ha sido, hasta hoy, el mejor equipo del Mundial. Quedó claro que Argentina sabe ganar partidos en 5 minutos, pero es igual de evidente que España ha gobernado sus encuentros de 90 en 90. Quienes peinan canas, o incluso quienes no peinamos nada, hemos visto amulado a Messi en más de una ocasión. Le debemos respeto; a él y a su selección, pero no hay que pedirle permiso a la historia. Argentina tiene el mejor solista, y, España, que es favorita, tiene la mejor orquesta del mundo.

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