Decía Vargas Llosa que el mundo de la literatura, el mundo del arte es el mundo de la perfección. Creo que la perfección es el desiderátum de muchas profesiones, igual que creo que no todos los escritores ni todos los artistas coincidan en el mismo empeño. Como en la mayoría de las cosas de la vida, abundan los oportunistas, los trepas, los plagiarios, los aprovechateguis o los que se ponen a favor del viento que sopla según la conveniencia de turno. Incluso pensando en esto que escribo me estoy alejando de ese ideal que define el premio Nobel peruano para introducirme en el ambiente de la crítica y de la protesta que nunca puede estar ligado a lo que entendemos por perfecto. Hay tantas perfecciones en el mundo de la literatura que no sé con cuál quedarme. Quizá sea Proust mi modelo ideal, porque no encuentro ningún motivo que no sea la estética, perfeccionada hasta el límite, lo que le lleva a escudriñar en su memoria sobre el paso del tiempo. En el fondo la literatura es eso: contabilizar el tiempo y describirlo de una manera diferente a como lo vivieron los demás. Estoy seguro de que algunos críticos harán una exégesis distinta y me sorprenderán con otros argumentos. Todos los escritores tienen un reto con el tiempo, desde la reposada evocación del escritor francés para reproducir su recuerdo suave de la existencia, hasta la apasionada aventura de Melville persiguiendo a un cachalote asesino, o al reposo inmenso del mar en una travesía con Joseph Conrad, o a la exquisitez de un millonario refinado en una playa de Long Island, contada por Fitzgerald. El tiempo de la literatura es la historia de todos los tiempos, porque la literatura es la crónica de la vida integral del mundo, reflejada en el inconsciente colectivo almacenado en la mente del escritor. De vez en cuando ese tiempo se detiene insistentemente en un instante que hay que recordar cansinamente para obtener el beneplácito de un interés concreto. Puede ser solo el escenario donde se desarrolla la narración o referirse a una reivindicación interesada. Entonces la literatura se pone al servicio de una idea y se convierte en una herramienta más del revisionismo histórico. Deja de tener una misión universal y se transforma en un localismo. De aquí que los libros sean consumidos por los gremios que los promueven y surgen escritores circunstanciales que aprovechan su caso Dreyfus, como hacía Emile Zolá. El tema del hombre es el título de un libro de Julián Marías sobre filosofía. No es muy interesante seguir a este discípulo de Ortega, pero es suficiente para entender la existencia de ese ser ontológico en el que se representa a la humanidad en un solo individuo. La vulgaridad hace que nos separemos de este concepto de carácter unitario para convertir nuestra vida en una servidumbre estúpida a lo colectivo, a lo que algunos fanáticos llaman intereses superiores. La perfección se encuentra en el diálogo de un poeta con su burro. Aquel que se negó a convertirse en el poeta social que le demandaban sus compatriotas y prefirió seguir el camino del ejemplo de la mansedumbre. Ante tanta exigencia de compromiso me quedo con un relato de Faulkner en su irreal condado de Yoknapatawpha, o en un cuento de Cortázar describiendo un asado con unos amigos en las afueras de Buenos Aires, o en la descripción de la infancia de Alice Munro, o en el relato crudo de la vida en un suburbio argentino de Mariana Enríquez, o en la aridez de un mundo que se acaba de Cormac Mc Carthy, o en la normalidad en mezcla con la marginalidad en la escuela de tenis de David Foster Wallace. Todos estos tienden a la perfección, como dice Vargas Llosa, y muchos más que se me quedan en el tintero. Mientras tanto aquí seguimos escribiendo sobre la Guerra Civil

