tribuna

Milagreros

El padre Vicente no paraba de hacer milagros, tanto era así que el obispo de Barcelona le pidió que no hiciera ninguno más sin su permiso porque tenía soliviantada a la diócesis. Una mañana vio caer a un albañil de un andamio y decidió salvarlo, pero entonces se acordó de la promesa que había hecho, dejó al hombre suspendido en el aire y corrió al obispado a solicitar licencia para terminar lo que había empezado. Ante esta situación extrema al prelado no le quedó más remedio que dar la autorización y el milagro fue concluido satisfactoriamente. Hay varios cuadros que recuerdan a san Vicente Ferrer realizando el prodigio. No es el único. A mí me fascina el del niño estofado, que es recompuesto de los trozos de carne de una marmita en una casa pobre donde no tenían otra cosa que ofrecer en la mesa al santo que su propio hijo, una versión del sacrificio de Abraham haciendo la ofrenda de su hijo Isaac a Jehová. Estas cosas que ocurrían a principios del siglo XV bien podrían suceder hoy de la mano de David Coperfield y otros magos especialistas, a pesar de que el asombro haya sido superado por la proliferación del Tik Tok y la Inteligencia Artificial. Ahora no disponemos de herramientas para distinguir lo sobrenatural, pero seguimos entregando nuestro candor a las apariencias creadas por los encantadores de serpientes. La magia consiste en la sugestión colectiva por medio del engaño. Cuantas más personas entren en el encantamiento mejor, porque la verdad se construye en función del número que la acepte. En parte esto es lo que dice Habermas y a mí me tiene confundido tanta exactitud. Los encantamientos era una obsesión de Cervantes, que construye la figura de don Quijote sometido a estas ilusiones inexplicables. De esta manera, el caballero andante cree dedicarse a desfacer entuertos que no son tales. Cervantes le hace un guiño a la lógica colocándonos ante el espejo de un humor absurdo que hay que saber descubrir. No utiliza la otra cara para establecer el contraste, lo deja a nuestra elección, sin que se produzca el debate entre lo bueno y lo malo o entre la verdad y la mentira. No se arriesga, porque tomar partido por estas cosas significa introducirnos en el mundo de la incertidumbre. Recorro la prensa cada día y compruebo como tiran por mí los argumentos para llevarme a su terreno, pero me siento seguro porque es fácil adivinar las intenciones de cada cual. Cada cual con su cada cuala, decía una canción de Pepe Iglesias el Zorro, pero dónde quedará eso, quién se acuerda de aquel argentino que empezaba diciendo “seré breve”. El mundo ha cambiado mucho y los innovadores nos advierten de que ya no tenemos sitio, que estamos anticuados, que no sabemos distinguir. Quizá no sea otra cosa que no haber aprendido a despegarnos de una fatalidad genética. Mi bisabuela se llamaba Dolores Puigrubí Ferrer y mi abuela decía que tenía que ver con la familia del santo valenciano. En Valencia casi todos se llaman Vicente, o Vicent o Vicentet. En el juego de la ronda al machuco lo llaman cau, al contramachuco contracau, y al recontra, San Vicent. Por algo será.

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