tribuna

No es mala suerte, es imprudencia

Cuando aún no se atisba la primera ola de calor del verano las administraciones públicas se apresuran a publicar en medios de comunicación y redes sociales las medidas necesarias para evitar los incendios que se resumen en lo de siempre: extremar las precauciones para evitar que acciones cotidianas puedan desencadenar un incendio. Pese a ello, y a las imágenes de los incendios forestales que arrasan nuestro país, el Ayuntamiento de Candelaria decidió el domingo, con altas temperaturas y fuerte viento, cumplir con lo anunciado en las fiestas de Santa Ana: lanzar una “lluvia de voladores” pasada la una de la tarde. El viento hizo el resto y en unos solares abandonados prendió la vegetación seca y puso en riesgo varias viviendas de la zona cuyos vecinos fueron desalojados. La reacción municipal fue hacer hincapié en que “en el terreno se acumulaban grandes cantidades de restos de poda, neumáticos, enseres y otros materiales” que propagó el fuego olvidando que las llamas se iniciaron -llámenlo karma o justicia divina- sobre restos de poda acumulados en la zona donde los depositó, hace años, la empresa municipal responsable en ese momento de la limpieza de parques y jardines. Y lo digo con conocimiento de causa porque fui testigo de ello. En todo caso, el fuego no se inició por combustión espontánea, pero nadie de la corporación municipal reconoce que los voladores fueron el detonante. Bomberos, guardias civiles y los propios vecinos con sus mangueras evitaron que la cosa fuera a más y todo quedó en un susto -que se repitió el lunes cuando se avivaron algunos rescoldos y se volvió a movilizar a la Guardia Civil y a los bomberos-. Los vecinos, atónitos, presenciamos luego, por la noche, cómo el Ayuntamiento insistía en tirar los fuegos artificiales que ponían el colofón de la fiesta. A esa hora, el viento soplaba con poca fuerza y se desplazó al lugar del incendio un vehículo de Protección Civil de manera preventiva. Debían considerar que eso era suficiente para tranquilizar a los vecinos. Deben considerar también que ofrecer disculpas por el susto, por el uso del agua propia o por simplemente estropear un día festivo no tiene sentido. Como no tenía sentido tirar una “lluvia de voladores” y hacer caso omiso a las recomendaciones oficiales. Lo dice la campaña de prevención de este año: No es mala suerte, es imprudencia.

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