Ha muerto en Madrid Pepe Legrá. Conste que a él, en contra de la marea, no le gustaba que lo llamaran Pepe, sino José. Su apodo era el Puma de Baracoa. Nació en Cuba pero se convirtió en español adoptado. Dos veces campeón del mundo del peso pluma y siete veces logró el entorchado europeo del mismo peso. Una vez dijeron de él que era algo así como el pequeño Cassius Clay. En mil ocasiones lo entrevisté para La Tarde, aquella gran escuela. Creo que la primera vez fue en el Mencey, con Antonio Salgado. Muchos días entrenó bajo el sol de Tecina, la finca gomera de los Rodríguez López. Álvaro Rodríguez López iba en avioneta y aterrizaba allí mismo, en una breve pista que acababa en subida para que se frenara mejor la aeronave. Sólo estaban la pista, una manga de viento y una pequeña radio para que el piloto avisara de su proximidad. Pepe Legrá estaba acogido en un asilo, aquejado de deterioro cognitivo, seguramente porque los golpes recibidos afectaron su cerebro. Fue, como tantos boxeadores, un gran abandonado, aunque lo condecoraran con una medalla al mérito deportivo. Las medallas, si no son pensionadas, no sirven para un carajo. Ahora todo el mundo se considerará su amigo y los periodistas escribirán panegíricos y obituarios de un hombre al que ni siquiera conocieron. Tenía Legrá la voz de flauta, mucho más que la de José María García, y unos 90 años en las costillas. No sé quién lo atendió en sus últimos momentos, pero como boxeador fue extraordinario, un estilista, y como persona era cercano, afable y fantasioso, presumido y un poquito fanfarrón. Pero es que se trataba de un campeón del mundo. Se ha ido, como nos iremos todos, pero me ha dado mucha pena su desaparición. Sobre todo, por la nobleza irrepetible del viejo boxeador, y no como los de ahora, que hasta pelean con los pies.
NOTICIAS RELACIONADAS
