Hay una razón que fija a los periodos de descanso: nos los obligan a tomar. Así, soy profesor y agoto mis días impartiendo clases, soy químico y ando otros tantos arrimado a los secretos minúsculos de la naturaleza, o piloto con aviones, o médico con enfermos, etc., y resulta que después de que los sindicatos tomaran posiciones en la revolución industrial hay derechos que resultan incuestionables: las horas de trabajo, los sueldos y las vacaciones; juntas o por partes, un mes. Lo que los seres inteligentes nos preguntamos por ello es ¿qué hacer? Porque el qué hacer resulta reglado. Asunto de consumo, se dirá, y es cierto: viajar, gastarte el dinero que has ahorrado en… Recuerdo a unos amigos de Buenos Aires. Durante al año, parcamente vivían dadas las circunstancias. Los dólares que se agenciaban eran los fidedignos para asistir a Brasil, al hotel tal porque eran turistas y ello había de quedar claro. Así es el mundo. Los seres no funcionamos por lo que somos sino por lo que se nos impone. O lo que es lo mismo, no solo ha de afectar a la clase media y alta el dispendio sino a los que no tienen un duro. Los estados han de ponerse a tono: residencia con piscina y si al lado de la playa mejor. Cuidar de la felicidad. Pues el asunto resulta en ocasiones pernicioso. Por ejemplo, mi mujer farmacéutica y yo cocinero. No coinciden. Vacaciones por separado o dos descansos superpuestos que se tocan. Las miradas a las caras, desesperados. De donde, dicen que esta es la época de los divorcios porque, por primera vez en meses, comparten los amados todo el tiempo juntos y eso no está bien. No digamos el disgusto de los hijos, dado que no se prima tanto el afecto cuanto el control. Así es que lo que esto del verano confirma es en verdad la indolencia. De donde es lícito levantarte, desayunar, ir a trabajar, volver a tu casa, resolver algún problema específico, retirarte a tu dormitorio a leer (mientras tu mujer se distrae con la TV) y dormir, si no se tercia el particular. Eso no es solo lógico sino equivalente, preciso, medido. En las vacaciones no solo el tiempo se dilata sino que se desforma. En ciudades en las que has de patear museos y más museos, palacios y más palacios, jardines y más jardines, ríos desconocidos, oír idiomas que jamás has oído o aguantar la pesadilla de los días ante gente que jamás habías contemplado. Lo cual resulta cabal: este periodo de la vida de los mortales ha de llevarnos a lo que siempre la historia nos ha llevado: a la rebeldía, trabajar más tiempo de lo debido para fastidiar a los patronos como hicieron los japoneses o asistir todas esas fechas a las puertas de tu trabajo aunque se encuentren cerradas. A las personas no nos mata la costumbre, aunque tampoco nos salve. Eso somos.

