Yo creo que él vio nacer el Roque. Carlos Acosta el maestro, cronista y poeta de Garachico no ha muerto. Si acaso se refugió en la entraña del volcán, tantas veces cantado y tantas veces recordado. Amigo de muchísimos años, me enviaba todos sus libros. Que fueron decenas. Enamorado de ese pueblo chiquito y osado que desafía al mar, se crio entre conventos y lecciones magistrales no sólo de literatura, sino de matemáticas, de física, de ciencias naturales. Carlos fue el maestro total. El maestro comprensivo, que se sorprendía con las voladas de un mundo que a veces no entendió del todo, como si le hubiera superado. Se negaba al ordenador y se aferró con fuerza a la vieja máquina de escribir, como el mismísimo Paco Umbral. Y se metió en el volcán, para siempre, a los 97 años, con una mente clarísima y una salud precaria. Nunca lo voy a olvidar; seguro que me voy a encontrar con él en esa avenida del Más Allá, cuando me toque el turno. Pero Carlos Acosta, el cantor de Garachico, tan viejo como el risco, no ha muerto el día de San Roque. Tan solo hizo una pausa para mirar al cielo y dirigirse hacia él como un cohete lunar. Hasta la procesión, o la romería, que no sé bien, se paró frente a su ventana, para que los dioses y las vírgenes en los que él creía se inclinaran a su paso por la que fue su morada y de la que ya apenas salía. Tocó la banda, sonaron los aplausos, se produjeron los vivas y se renovaron los recuerdos. Todo el mismo tiempo. Garachico se empequeñece tras la ausencia de Carlos Acosta, un hombre siempre dispuesto a comprender a los demás y un dechado de amores por su pueblo y su comarca. No deseo que descanse en paz, no lo necesita: Carlos sigue vivo.
