Si antes de unas elecciones generales, una tromba de jóvenes marroquíes invadiera Ceuta, la oposición española vería los cielos abiertos. No hay mensaje electoral más contundente, para sus intereses, que una invasión migratoria como esa.
El grave incidente al que hemos asistido en la España norteafricana reúne los agravantes y la parafernalia de una acción aparatosa sin igual, tan del agrado de las fuerzas políticas que buscan validar su discurso del invasor. Sería dinamita pura si se quiere cambiar un gobierno en caliente y si se hace coincidir con las vísperas de votar. Se dirá que así fue en 2004.
Y mucho antes, hace cincuenta años, por estas fechas, el rey Juan Carlos nombraba presidente a Suárez para tumbar la dictadura. Fue en 1976. Nos ha pasado un tanto desapercibida la efeméride más importante de la llegada de la democracia. Por cómo las pasó Suárez, enfrentado a las nostalgias militares, y cómo se las gastan algunos en la España actual, con la democracia al fondo, hay cierto parecido entre Sánchez y Suárez, dos quijotes contra los molinos de la carcundia carpetovetónica. Hecha la precisión de que Europa no es la que era.
También cabe añadir que esta ola global que celebra ideológicamente el asalto a Ceuta pende de un hilo, de las elecciones de medio mandato en noviembre en EE.UU., con el trumpismo en horas bajas. No dejan de sorprender algunas reacciones, como la de Elon Musk comparando a Ceuta con la película zombi Guerra Mundial Z y cargando contra Sánchez, como si fuera un líder del Partido Demócrata, o el propio Trump pidiendo que le voten para que a EE.UU. no le pase lo mismo.
Feijóo ha hablado de “una ocupación premeditada” y de una “España invadida” por la regularización masiva de migrantes sin papeles a cargo de Sánchez (el mismo leitmotiv del responso europeo conservador posCeuta). Mezcla churras con merinas. Por momentos, parecíamos estar en el islote Perejil, en aquella crisis bélica entre España y Marruecos en tiempos de Aznar. Tras 24 horas, la crisis migratoria de Ceuta había fracasado este viernes, con el masivo retorno. Feijóo lo ignoró.
¿Hubo falta de reflejos? Sánchez, Marlaska, el CNI se lo estarán preguntando. ¿La culpa la tienen los incendios? Hay un buen debate ahí. Pero lo que no tiene nombre es la alta traición de la Europa más carca, la de Meloni (una suerte de Ayuso de la UE, curtida en la mentira patológica). En una clara acción electoralista (la italiana se examina en abril) y siendo su país el campeón de la inmigración irregular, según Frontex, pretende suspender a España en el espacio Schengen de libre circulación, al que ni siquiera pertenece Ceuta. António Costa y Von der Leyen le han bajado los humos. Y Sánchez ha pedido por carta una cumbre de urgencia para confrontar a la “Europa egoísta y polarizadora”. Esa misma Europa xenófoba (sin Macron ni Merz por ahora) abandonó a Canarias cuando los menores no acompañados se hacinaban en El Hierro.
Estamos en la cuenta atrás, como llama Feijóo a este período, una expresión desafortunada si reparamos que apela a un retroceso. Y sus lazos con Vox generan suspicacias entre los demócratas, cincuenta años después. Suárez irrumpió tras la dimisión de Arias Navarro. Torcuato Fenández-Miranda le allanó el terreno con la Reforma Política, para ir “de la ley a ley” y poder zanjar el régimen desde dentro. En aquel páramo, tuvo que rizar el rizo, y amnistiar también a su catalán del exilio, Tarradellas. Tomaba decisiones que desafiaban lo aceptable -eso que se denomina la ventana de Overton-, como legalizar al Partido Comunista o recibir a Yasser Arafat con su kufiya.
Existen esos paralelismos que no se han mencionado entre Suárez y Sánchez, incluido Marruecos, a propósito de esta crisis. La marcha verde sigue presente. Un exasesor del Pentágono -muy de Trump- pide a Marruecos que organice otra sobre Ceuta y Melilla, ahora en boca de todos. Sean los acuerdos hispano-argelinos, o la sentencia del Supremo contra las devoluciones en caliente si se emigra a nado, o la nacionalización de saharauis, o el nuevo estatus de Gibraltar, o la sede de Casablanca para la final del Mundial de 2030, lo cierto es que Marruecos no abortó la marea humana antes de que cruzara el espigón del Tarajal, que ha costado numerosas vidas. Y Rabat ve por los ojos de Trump.
Estos sucesos de Ceuta son combustible para Vox más que para el PP, porque contienen su savia: la bomba migratoria. Son un artefacto político, camino de las elecciones en las dos orillas. Si en noviembre cae Trump, otro gallo cantaría. Y si Sánchez convoca a mediados de 2027, estaría celebrando el cincuenta aniversario de aquellas elecciones históricas del 15 de junio de 1977, las primeras en democracia tras la guerra civil. ¡Cuánta simbología!
