El fuego no devasta ni transforma, el fuego hace regresar la cosa a su lugar. Y eso ocurre con los incendios que se suceden de manera pavorosa en verano. Se informa para esos casos de lo que supone para los lugares en cuestión tales efectos. Y es cierto, ese es el paisaje y lo que se deduce del paisaje y su importancia, por lo que significa para el medio ambiente, para la correlación de las especies vivas o para la atmósfera. Una de las consignas de estos tiempos es defender y cuidar la naturaleza. Y ello es una incisión en la conciencia de los nacidos, porque por lo general la naturaleza queda lejos y no cuenta con demasiada importancia. Y no se alude aquí a los pirómanos, que los hay, sino a la condición ciudadana, a la condición urbana. De modo que un espacio limpio, en acuerdo con la fertilidad del suelo, crea bosques y vergeles. El dicho espectáculo que nos invade por las noticias es devastador. Lo que repite el cuento es lo que todos los expertos dicen: obrar como se obra con la salud: prevenir en lugar de curar. Ocurre, sin embargo, que la prevención cuesta dinero y esos mismos expertos no tienen por seguro si la administración central o las administraciones locales (por ejemplo, el encarnado odio de la señora Ayuso) estén dispuestos a ponerlo. Porque en efecto, año tras año, temporada tras temporada no ocurre nada. Lo que advertimos es la juntura de los dichos dirigentes en el suceso, chupando cámara y alegando declaraciones: la emergencia nacional o las dádivas autonómicas por el pago de alquileres a los damnificados. Todo asumible, incluso los consentimientos al uso por lo que ocurre en la calamidad: primero salvar vidas, después los bienes materiales (los animales y las casas) y finalmente el incendio. Así se trabaja y es perfecto. Pero para el caso concurre una cuestión esencial: en tiempos pasados había una correlación directa y somera de los habitantes del lugar y de las cercanías con los bosques. En esa economía de supervivencia, el bosque aportaba bienes: la pinocha que caía para los animales y para abonos o la leña. Lo cual hacía que los montes, por lo común, estuvieran limpios. Lo que ocurrió en Madrid o Ávila es que semejante limpieza no se produjo (cuesta dinero, se ha dicho) y ello implica que esa vegetación contenga en el suelo material energético sublime que por cualquier contingencia (o natural o humana) prenda y ocurra lo que ocurre. Lo que da esa desventura gubernamental es el panorama que ante los ojos, las cámaras o incluso los satélites se propaga: millares de hectáreas quemadas, millares de hectáreas que necesitarán al menos cien años para volver a ser lo que fueron. Y eso ocurre. Los cuidados con los que tienen que comprometerse los dichos gobernantes, con presupuestos: limpiar, cortafuegos, materiales precisos para intervenir (de profesionales, maquinarias y aviones). Lo dicho: ¿prevenir o apagar? Esa es la historia.

