Estamos tiesos. Este es el mensaje que deja caer Estefanía Molina en su artículo titulado “Elogio de la tiesura”. La realidad es que las maravillosas cifras macroeconómicas, trasladadas a nivel de calle, reflejan cosas tan paradójicas como que el salario mínimo se acerca cada vez más al salario normal de los españoles. Existe un conformismo avalado por la normalización que explica por qué la mayoría prefiere quedarse en el pueblo, a más de cuarenta grados que irse unas semanas de vacaciones a la playa. Los porcentajes cantan bien a las claras cuáles son los niveles de nuestra pobreza encubierta por un falso triunfalismo.
Se dice que es una suerte que no gobierne la derecha porque así no le organizarían una huelga general, que agravaría mucho más la situación. Por un lado se advierte de los riesgos de un cambio por la pérdida de algunos derechos sociales o, lo que es peor, por el retorno a los modos autoritarios anteriores a la Transición, y por otra parte se teme una sublevación social que haría temblar a un endeble tejido empresarial, en manos de la agitación de la calle, ahora contenida por un Gobierno de izquierdas. Estos son los miedos que deduzco leyendo la reflexión de Estefanía Molina. Lo he pensado en más de una ocasión y concluyo que esta advertencia no conviene plantearla en un sistema de propaganda que nos hace ver las cosas de manera diferente a como son.
La economía actual, disfrazada de bondades poco mensurables, se vería descubierta a flor de piel en un panorama desprotegido de la moderación de los agentes políticos, sindicales y reivindicativos de todo tipo, en los que es experta la izquierda tradicional. Quizá esta sea la razón que mantiene a un pacto secreto entre la Moncloa y Garamendi o un sector financiero que ve crecer de manera exponencial sus beneficios. No se corresponde el escenario que diseña la articulista, al que no le niego veracidad, con los más de 20.000 puntos que ha escalado el Ibex 35. Algo no cuadra, y procurar entenderlo dificulta las posibilidades de solucionarlo. En este caso el progresismo actúa como el armamento nuclear en la guerra fría, en su aspecto disuasorio para evitar males mayores. Esta es la auténtica realidad política: todo puede empeorar, pero partiendo de la base de que estamos en la peor de las posiciones.
Hay una atmósfera de engaño avalada por el acomodo que tiñe al ambiente de normalidad. Es otra manera de verlo, otra forma de tapar el drama hacia donde nos conduce el futuro. La lectura de este Elogia de la tiesura hace que me invada el pesimismo y que llegue a considerar las catástrofes que nos amenazan como cortinas de humo para ver la realidad de lo que somos si nos ponemos desnudos frente al espejo, desprovistos de los gritos de entusiasmo de una calle controlada por una moderación inducida. En esta acción disciplinaria es en lo único que se muestra disciplinada.
No nos salvará resolver la crisis migratoria y humanitaria de Ceuta, ni encontrar los restos de Federico, ni echar a Ayuso de Madrid. La verdad es que estamos tiesos y el único capaz de no hacérnoslo ver es Pedro Sánchez. Todo lo demás sería peor. El mundo es así. No lo he inventado yo.
