Daniel Innerarity escribe sobre la era de la irreversibilidad. Dice que mientras sea posible rectificar nuestros errores podemos hacer a las cosas reversibles, pero en lo tocante al cambio climático esto no existe. Yo dispongo de una apreciación más personal de ese concepto y me lo aplico a mi condición física, psicológica y social, que en esas tres cosas se apoya mi existencia.
Para mí, reversible siempre significó presentar una dualidad, como la gabardina de dos colores con la que alternaba mi aspecto en los días de invierno. Ahora, a la edad que tengo, me siento completamente irreversible en lo que soy de irrecuperable para adaptarme a lo nuevo. El problema consiste en que esta sensación propia de viejos y caducados se extienda a las generaciones que todavía pueden esperar que las cosas cambien para lograr un futuro mejor. Ya no hay gabardinas reversibles porque esa forma de cambiar la indumentaria se ha extendido a todas las posibilidades que ofrece la diversidad. Entonces podría decir que lo reversible ha sido sustituido por lo diverso.
Indudablemente no estoy para esos cambios, y, de la misma forma que llegué hasta aquí, voy a seguir aguardando el final de la manera más equilibrada que pueda. Así que no pidan un juicio sobre la era de la irreversibilidad porque no me siento en disposición de darlo. A pesar de todo, tengo la esperanza de que Innerarity se equivoca y siempre quedará algo para salvar de nuestra condición humana, algo que puede resistir a las revoluciones, a las tragedias, a los cambios climáticos, a la Inteligencia Artificial y los algoritmos, como la historia del planeta y de lo que significamos en él está harta de demostrar.
Lo irreversible está emparentado con lo mesiánico y ahí se encuentra la incompatibilidad que nos estremece. Con una gabardina que tiene el forro de un color diferente puedo presentarme igual que el doctor Jekyll y míster Hyde, que es cómo nos veía Robert L. Stevenson. No hago caso. En mi memoria colectiva, en el alimento de mis informaciones culturales, en la lectura de los que me precedieron, se encuentra el alimento de mi negacionismo, eso que otros llaman osadamente ignorancia. Mi aprendizaje me obliga a no hacer caso de lo que me induzcan a pensar los que pretenden convertirse en mis guías espirituales. Todo lo que pueda imaginar ya ha sucedido.
Me quedo con el “nihil novum sub sole”, del Eclesiastés. Ya sé que es de tontos leer esos libros antiguos, que es mejor entregarse a las recomendaciones de los psicólogos y los sociólogos modernos, sobre todo de aquellos que escriben para darles la razón a quienes les pagan, pero yo prefiero refugiarme en el conformismo de aceptar la irreversibilidad y marcharme a la pradera con los indios viejos para que mi espíritu sea acogido por Manitú. Estoy un poco negativo, pero anda que Daniel Innerarity.
Quizá lo que me sucede es que estoy rumbriento y ferrugiento, como Arístides Moreno en el Horcon Boys. A pesar de ello, no creo en la irreversibilidad, aunque algunos pretendan hacerse irreversibles para toda la vida.
