tribuna

Jaime de Urioste

Ha muerto Jaime de Urioste Arana. La semana pasada no vino a la tertulia que tenemos los viernes con Pizarro en una cafetería de La Laguna. Llevamos varios años con esto. Le dijo a Alberto que seguramente no iría porque se encontraba algo cansado. Luego su mujer, Eva, me llamó por la tarde para comunicarme que murió cuando decidió darse un baño en la piscina. Abrimos un paréntesis en la vida que se cierra en el momento menos pensado. Cada día lo hace más cerca, pero ese es un problema del almanaque.

Siempre encuentro algo en el tango. “Todo lo ha llevado el almanaque, todo, todo ya se fue”, dice la letra de Cadícamo en “El cantor de Buenos Aires”. “¿Dónde estarán los puntos del boliche aquel?” Somos los puntos del bar que van desapareciendo para que preguntemos por ellos. Jaime era boliviano de familia vasca. Fue cónsul de ese país en Tenerife. Tantos años entre nosotros. Lo conocía desde hace 50 y siempre nos mantuvo en vigor su amabilidad. No había que hacer ningún esfuerzo para ser su amigo. Esto es algo propio de una clase que tiende a desaparecer, propiciado por un raro concepto llamado educación. Jaime era poeta y escritor. Hace años que nos veíamos cada semana para hablar fundamentalmente de literatura. Con eso no hacíamos daños a nadie, y si algún comentario se deslizaba hacia otros temas lo diluíamos en una crítica leve, como para no darle importancia. ¡Hay tanta gente buena y positiva que está por descubrir! Jaime hablaba de Sucre como si nunca se hubiera ido de allí. Me recordaba al Pichuco recitando acompañado de su bandoneón: “Dicen que me fui de mi barrio, pero cuándo si siempre estoy llegando”. Me enviaba recortes de prensa de asuntos sobre su país y yo entendía que los kilómetros y los años eran incapaces de borrar el vínculo que tenemos con el lugar donde nacimos y donde pasamos nuestra infancia. En esto se produce un retorno al primer tiempo que jamás se abandona. Luego se disfruta de la oportunidad de tener dos patrias, dos familias, dos relojes para vivir: el de diario y el de la evocación. Jaime ha aprovechado el viernes, el día de la semana en que nos reuníamos a charlar, para irse, casi dejándonos con la palabra en la boca.

Cuando Eva me comunicó la razón de su ausencia sentí un latigazo, un chasquido seco en el aire que hace detenerse a los caballos. Luego recordé su sonrisa y lo imaginé feliz en el interior de la piscina nadando hacia un lugar desconocido, como diciendo, aquí los espero para continuar con la conversación. Hablé con Lidia, la mujer de Pizarro, y me dijo que estaba abatido y no se podía poner. Esto fue anoche. Ahora estoy sentado frente al ordenador esperando a que me llamen y terminando este texto para enviarlo al periódico. No es un obituario de oficio, solo la expresión sincera de un amigo. De alguien que tenía algo que decir, pero no tuvo tiempo de hacerlo.

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