La calufa nos está castigando duramente. Van tres días de infierno en este ferragosto que se nos ha atragantado. Cuando yo vivía en La Laguna, una nube se posó durante meses encima de mi casa y no me permitía distinguir las estaciones. No sabía si era enero o noviembre, porque siempre hacía el mismo frío. Yo dormía eternamente bajo un edredón. Los laguneros llevan una rebequita en verano y ellos saben lo que hacen, pero ahora se han despojado de ella porque si el lagunero se la enfunda en estos días de calufa le aparece un sarpullido en el cogote que acaba con él de la rascadera. En el Puerto había un señor, llamado Juan Francisco, que me parece que era contable de Bananera, o algo así, que en invierno y en verano llevaba gabardina y paraguas, “por si acaso”. Era un tipo peculiar, te veía y te preguntaba: “¿No fuma el inglés?” Yo siempre pensé si es que quería enterarse de si tú fumabas cigarrillos ingleses, que es como se llamaba antes al tabaco rubio, viniera de donde viniera, pero nunca supe con certeza lo que quería decir. A los fumadores de Player´s se les quedaban los dedos amarillos de lo fuerte que era lo que se llevaban a los pulmones. La caja era muy bonita: un ancla, un salvavidas de barco y un marino de barba blanca, si no recuerdo mal, que a lo mejor se me ha echado a volar la imaginación. La calufa cesará –dicen— esta semana y el tiempo va a refrescar un poco. Los entusiastas del cambio climático, que son muy persistentes, están contentos, reforzando sus creencias. Los escépticos del tiempo afirman que se trata de ciclos y que la nube eterna volverá a posarse en mi antigua casa lagunera. Es que nunca hace calor a gusto de todos. Ni frío tampoco.
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