tribuna

Los amigos carrozas

Dice Andrés Chaves que se ha ido a comer con tres amigos septuagenarios, tres carrozas que también son amigos míos, igual que él: Carlos, Juan Manuel y Aurelio. Con esa gente no hay posturas intransigentes y se hacen buenas digestiones. Es difícil que nos mantengamos en pie inmersos en la revolución digital, compitiendo con la copia de nuestra actividad cerebral y en medio de tantas emergencias que nos condicionan la vida.

Quizá ya seamos una generación caduca que no tiene una letra ni un símbolo para ser identificada, aunque nos resistamos a creerlo así, pero aún nos queda ese punto de autonomía que nos hace mantener una voluntad inconquistable. Nos vemos de tarde en tarde. Ya no tenemos tiempo para otra cosa. Ahora me siento como la copla de la Luna cautiva: “De nuevo estoy de vuelta después de larga ausencia igual que la calandria que azota el vendaval, y traigo mil canciones como leñita seca, recuerdo de fogones que invitan a matear”. No sé por qué me he ido a esta zamba argentina que me habla de las intermitencias de la vida.

Creo que esas son las que nos hacen ser diferentes por no depender de avanzar por la calle angosta, que solo tiene una vereda, de un pensamiento único al que juramos ser fieles para siempre, de una convicción inamovible hasta la muerte: esa que tiene a los camposantos repletos de héroes incomprendidos, cuya memoria obliga a desalojar las estatuas de los otros. De esas cosas no hablo, ni hablamos cuando me reúno con ellos tan separadamente en el tiempo.

Ayer fui a la playa y mis piernas se desequilibraban en las pequeñas dunas que no se ven debajo del agua en la orilla. Esa es mi calle angosta, como una cueca que ya no puedo bailar. Hemos de tener cuidado a estos años. Luego fuimos a comer a Los dos barrancos y nos encontramos con Antonio y con Chusi y toda su familia. A Chusi le gusta mi libro La Laguna y yo no me acuerdo de lo que escribí en él. Me dijo que esta harta de todo lo que se publica en torno a la Guerra Civil y le digo que yo también. Es lo que Luis Antonio de Villena llamaba el cine de tazón: una especie de penumbra histórica que alimenta la añoranza por un tiempo que nada tiene que ver con el que estamos viviendo, aunque ellos crean que sí. La palabra adecuada para retratar esta situación es majadería. En eso coincidimos. Ya está bien de tanta majadería.

La gente se pregunta por qué hay una juventud que se radicaliza en posiciones ultras. La respuesta es porque lo que le ofrecen en el otro lado es muy aburrido. Estas carencias se intentan suplir rellenando el censo con desencantados extranjeros, nostálgicos de un tiempo que le contaron y que no vivieron. El tiempo de los abuelos, renacido ahora en el tiempo de los nietos. Nosotros, a nuestra edad, estamos libres de esos encantamientos, pero a cambio nos sentimos solos e incomprendidos. Por eso vamos a comer juntos para reafirmarnos en lo que todavía queremos ser. Personas cambiantes, abiertas a cualquier futuro, dispuestas a abrirse a lo novedoso y huyendo del estancamiento de rendir pleitesía a una fe antigua.

Esto quiere decir que estamos vivos: una sensación que solo parecen notar de verdad los viejos. Lo demás es la inercia de dejarse llevar por el rebaño.

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