A los canarios, el mar no nos rodea; nos define. Para nosotros, y para quienes con nosotros conviven, el mar fue aislamiento, pero también la única posibilidad de salir, comerciar, emigrar y regresar. Para algunos fue cárcel y para otros puerta. El mar es memoria, porque todos tenemos algún recuerdo relacionado con él: un abuelo pescador, un tío embarcado a hacer las Américas, un padre que trabajó en el puerto o una madre que esperó noticias del ser querido que cruzó el Atlántico. El mar podría ser incluso un reloj, puesto que aprendimos a leer el tiempo mirando hacia el océano: la marejada, el alisio, la calima (que ya estaba inventada), el color del agua y el viento del nordeste. El mar también es refugio y terapia: nos escucha con respeto, no nos juzga y sólo nos responde con olas.
El mar es -especialmente- identidad. Los canarios podemos cambiar de pueblo, de isla o de país, pero -allá donde vamos- siempre buscamos el mar. Y cuando pasa el tiempo y no lo vemos, nos sumimos en un pozo de melancolía difícilmente entendible para quien nació -sin él- en el interior de un continente.
Cuando era niño, y no sabía nadar, contemplé el mar con mucho respeto y también con temor. Porque, frecuentemente, oíamos relatos de sus travesuras, que -en ocasiones- anegaba a nuestros pescadores o hacía otros destrozos. Durante nuestro primer veraneo, también en mi infancia, mis padres alquilaron una casa en la primera línea de la Playa Chica (El Médano). Aún recuerdo los embates de la pleamar. El océano no se guardaba nada. Y nos llenaba la vivienda de agua, espuma, olor, sonido y vida. Dormíamos, con cierto temor, y, a las tres de la madrugada, sin necesidad de enamorarla, yo tenía una ola metida en mi cama.
Como muchos niños granadilleros, chasneros y chicharreros, aprendí a nadar allí, en el muelle de El Médano, cuando compartíamos baño con mis padres, con mi gran padrino, Don Juan José, su esposa, doña Isabel, el hermano de aquel, don Ángel Luis y su esposa doña Merche, y un batallón de niños: Carmen Tere, Nena, José Luis, Rosy, Toñi, Silvia, Matele, Ofo…
En aquellos veranos, el muelle de El Médano, siempre con olor a maresía, se asemejaba a un cuartel. En aquellos años no existían monitores titulados, flotadores ergonómicos, manguitos homologados ni cursos de iniciación. Existía un padre, un padrino o un tío con una fe inquebrantable en Darwin. Te agarraban por los sobacos, contaban hasta tres, y, cuando te dabas cuenta, ya en las profundidades, conversabas animadamente con los pejes verdes. Si volvías nadando, ya eras oficialmente un hombre de mar.
Un buen día, efectivamente, me arrojaron al mar, sin salvavidas, y, de repente, tras tragar un enorme buche de agua salada, pegué a margullar y bracear. Desde ese día, dejé de entrar en el agua como un extraño, porque aprender a nadar no consistió únicamente en mover brazos y piernas, sino también descubrir que el miedo también se vence con ternura. Es por ello que los canarios mantenemos una relación tan íntima con el océano. El mar no sólo nos rodea. También nos educa: en las enseñanzas de la prudencia cuando ruge, obediencia cuando se enfurece y confianza cuando aprendemos a dejarnos guiar por él.
En mi infancia gustaba de pulpear, sin éxito, y buscaba mejor lapas y burgados. En mi adolescencia, varaba olas con aquellas tablas de madera que nos obsequiaban nuestros padres. Otro día estuve a punto de perecer ahogado, arrastrado por una corriente severa e inclemente, en Las Galletas. Ya talludito, asimilé su propiedad terapéutica: intentaba superar mis penas más íntimas, paseaba la orilla de La Tejita y salía con el alma más ligera. Pero el baño también fue un gran premio cuando terminaba una fatigosa carrera. Hoy, paseo diariamente ante él, ante el mar, durante hora y media, en la costa de San Miguel.
Viajé mucho y conocí mares extraordinarios. Todos eran bellos. Pero ninguno olía, como el Atlántico, a casa.
