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Qué error

Ceuta se debate entre el miedo y la tristeza, pero la solución al caos no se ve por ninguna parte. Será terrible cuando los medios de comunicación se olviden de la ciudad, mientras la presión migratoria crece. Quienes tienen que velar por su seguridad también se dispersan. La solución es complicada, pero Europa mira con preocupación a su frontera Sur y Marruecos ve cómo todo un continente –y desde luego un país— se arrodillan ante el sultán. La situación es desesperada y Canarias debe poner sus barbas de remojo, no de una manera inmediata, pero es mejor prever que curar. Las imágenes que se nos muestran de los 10.000 errantes vagando por 20 kilómetros cuadrados me parece patética. No tienen nada que hacer ni a dónde ir, permanecen sin oficio ni beneficio, hacinados en una playa, metidos bajo precarias carpas de caña y algunas veces delinquiendo. Un enorme contingente policial ha sido destinado allí, pero apenas puede actuar y unidades del Ejército son apedreadas, sin que puedan defenderse. ¿Es esto normal? Me da mucha pena ver llorando a hombres y mujeres ceutíes, algunos muy jóvenes, porque sus hijos ya no pueden ir solos al colegio, ni acudir a la hípica, ni transitar libremente por el centro de la ciudad o darse un chapuzón en su playa favorita. Tienen miedo. La noticia de un marroquí acostado en la cama de una señora que dormía tranquilamente en su casa, hasta que fue descubierto, es el grotesco ejemplo de la situación. Ceuta era un modelo de convivencia y ya no lo es. Ahora es una ciudad que se vuelve violenta contra los invasores, contra gente que ha delinquido entrando ilegalmente en un país. Yo no tengo la solución, pero esto tenía que haber sido previsto y corregido antes de que la avalancha se produjera. Y no se hizo. Me da que es el final de la felicidad y el principio de algo chungo. Qué error.

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