Escribe Fernando Vallespin en El País que tan importante es proteger las fronteras como salvaguardar los principios y valores que nos hacen ser una sociedad común. Hace una comparación entre la caída del muro de Berlín y lo ocurrido en Ceuta hace dos semanas. Hay algunas diferencias: en el muro de Berlín ametrallaban, desde el otro lado, a los que intentaban escapar a un mundo que creían mejor, y su desaparición supuso una conquista hacia la libertad que suponían los principios democráticos, huyendo del totalitarismo de un falso paraíso que todavía algunos defienden. La actual corriente migratoria persigue igualmente disfrutar de unas mejores condiciones de vida, pero lo ocurrido en Ceuta, donde en 48 horas han entrado 80.000 personas, una cantidad equivalente a sus habitantes, no parece equiparable a ese flujo que se mueve de forma natural y que levanta opiniones contradictorias, defendiendo por una parte los principios de integridad territorial y por otra los de solidaridad. No se puede comparar cuando aún no se han dado explicaciones a la invasión calculada de decenas de miles de jóvenes de la misma nacionalidad, aparentemente no movidos por el ansia de abandonar su país, sino de ocupar a otro en nombre de una reivindicación política. El artículo de Vallespín es impecable, pero obvia ese hecho diferencial, máxime cuando se publica justo al día siguiente de otra amenaza donde la parte contraria pone todos los medios a su alcance para evitar que se repita. Seguiremos sumidos en el misterio del porqué de las cosas, por el simple hecho de que nadie está dispuesto a explicarlas. Esto justifica la no comparecencia de los ministros del Gobierno en las comisiones donde son convocados. Lo que va a ser más difícil es argumentar por qué los días 30 y 31 de julio entraron los que entraron y el 15 de agosto no lo hizo ninguno. Se dirá que ha sido gracias a una hábil gestión diplomática, pero esto no hay quien se lo crea. Lo de Ceuta ha sido una especie de mete saca por parte de Marruecos, que no significa otra cosa que lo volverán a hacer cuando quieran, porque existe un compromiso secreto que hace que nadie se lo vaya a impedir, como ya sucedió hace dos semanas. Estas preguntas seguirán existiendo en los últimos días de agosto, cuando dicen que van a responder. Mientras tanto desviaremos el debate a aspectos morales y a la ola de incomprensión ultra que nos acosa desde Europa. Este artículo es el anuncio de lo que vendrá detrás, como en los tiempos de Juan el Bautista. Sobre el tema mollar de la llamada invasión provocada por las mafias no sabremos nada. Será un secreto de Estado guardado en nombre de la seguridad nacional. El CNI no informó por tratarse precisamente de eso: esa es la explicación, y el artículo de Vallespín, aun reconociéndole la buena intención, persigue el mismo objetivo: echar tierra sobre un asunto que viene coleando desde hace bastantes años en la política española. Nada de esto va a alterar la situación, se ponga Europa como se ponga, porque buena parte de los países también están cogidos por los perendengues. Las guerras traen estas cosas. También Israel y Gaza, que sale otra vez a la palestra, y Donald Trump con sus aranceles, y todo aquello que se incluye en el capitulo de ni te contaré morena. En el fondo se trata de salvavidas, pero no de aquellos que se dejaron abandonados en la playa del Tarajal. ¿Verdad que sí, Fernando Vallespín?
