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Una reunión de amigos

El otro día nos reunimos a comer cuatro amigos septuagenarios, es decir cuatro personas que tenemos entre 70 y 79 años. Yo soy el decano, por edad, que no por dignidad ni por gobierno. Los amigos son, de menor a mayor, Carlos Díaz-Bertrana, Aurelio González, Juan-Manuel García Ramos y un servidor de ustedes. Dos cachopos y dos merluzas a la abuela, en la Sidrería Asturias de El Sauzal, que daban gusto. Al margen de la comida entre personas tan distintas, pero tan amigas, y al fresco, surgieron anécdotas del pasado, como no podía ser menos. Lo mejor de los viejos cagalitrosos (así nos llaman en Cuba) es que, al tener la mente bien, los recuerdos fluyen y se cambian, porque están bien contados. No se puede relatar siempre y de la misma manera una historia, porque entonces la historia aburre. Hay que alterarla y echarle imaginación, porque ya se sabe que la historia no debe transmitirse como fue –porque nadie lo sabe— sino aportándole cierto ingenio. Qué sería de la propia historia si no fuera por los juglares de vocación, que componen un instruido mester moderno y ágil en el relato de lo que ocurrió. Tres horas con esos inteligentes amigos las considero gratificantes y más cuando fueron ellos los que, generosamente, pagaron la cuenta, sabedores de que yo, con mi exigua pensión, no llego a final de mes. La conversación fue regada con algunos caldos apropiados, aunque conscientes como somos de que la edad provecta no permite dispendios que alteren la razón ni la voluntad. Un rato agradable del que es menester dejar constancia escrita, para envidia de los que no se reúnen ni se divierten, sino que se quedan en sus casas, sudando. Es bueno reunirse, porque con el ajetreo y la edad no está uno para desperdiciar los ratos disponibles ni tampoco para pasar fatigas.

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