Confío en mis capacidades? Cada vez menos. Me acosa la inteligencia artificial, me asedian los algoritmos y los argumentarios elaborados por grupos de personas que me superan en número, en organización colectiva y en disposición de imponer una lógica contra la que no puedo combatir. Lo siento, qué le voy a hacer, soy del plan antiguo. Soy de ese mundo obsoleto que se resiste a ser borrado del mapa. Es el mismo al que pertenecía don Quijote, apegado a la moral de los libros de caballerías y al empeño por desfacer entuertos y liberarse del influjo de los encantamientos.
La Humanidad se ha visto expuesta a estas amenazas en muchas ocasiones y siempre ha acabado liberándose de ellas. Así que no me queda otra que tener paciencia y esperar. En lugar de perder mi tiempo pensando en estas cosas y asumiendo responsabilidades que no me corresponden, debería ponerme a contemplar la puesta de sol, como hacían los amigos de Rusiñol en Cau Ferrat. Las cosas terminarán sucediendo de la forma que tienen que suceder y ninguno de nosotros las podrá evitar. Las podrá calificar como recomendables o no, pero no tendrá la capacidad de alterarlas.
A pesar de todo, al final, después de un tiempo más o menos largo, la realidad acabará por imponerse. En eso consiste el transcurrir de lo que llamamos evolución: en la superación traumática de algunos cambios, que irán adaptándose, moderándose y aceptándose con el tiempo. Da igual que sea un sátrapa el que los haya introducido y los promueva en una operación urgente. Me gusta leer los análisis de la historia. Por ejemplo los estudios de Arnold Toynbee, o las teorías sobre la decadencia de Oswald Spengler o, si quieren, hasta a Escohotado en su “Enemigos del comercio”. Al fin, una visión globalizadora me hace ver ese movimiento de resaca permanente que provoca la innovación frente a la resistencia.
El mar siempre tiende a llevarse las aguas que entrega confiadamente en la playa. A veces aparece un tsunami y provoca una catástrofe, y todo vuelve a su sitio: las aguas a las aguas y las tierras a las tierras, dejando algunos daños colaterales como víctimas de esa batalla natural de la que no nos podemos sustraer. Nuestra condición endeble de sociedad humana no nos permite observar estas cosas con claridad, por eso nos debatimos entre ética, lógica y conveniencia para tratar de salir adelante. Algunos creen que estos principios no son más que convenciones y que la auténtica revolución está en transgredirlos. Entonces entramos en la discusión caótica de que el comportamiento de respeto a las leyes no es tan conveniente y creamos otro cuerpo moral, otras virtudes que tengan la capacidad de asfixiarlo e imponerse por encima de él.
El mundo ha sido testigo de estos escenarios en muchas ocasiones, y los hombres se matan, se odian y se destruyen porque un principio sacrosanto e indiscutible les impele a ello. Convierten a la necesidad en virtud y desatan la tormenta. Por eso no estoy seguro de poder confiar en mis capacidades y a veces pienso que lo mejor es esconderme en una gruta y esperar a que pase el temporal, sean cuales sean sus consecuencias y cause los daños irreparables que cause.
