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Expertos psicología coinciden: por qué las personas dejan de hablar después de una discusión

Una revisión de 15 estudios revela que esta reacción está “a menudo impulsada por el desbordamiento emocional más que por una manipulación intencionada”
Pareja que deja de hablar después de una discusión, una conducta analizada por la psicología
Pareja en silencio después de una discusión. | DA

Una discusión termina y una de las dos personas deja de hablar. Puede hacerlo durante unos minutos, varias horas o incluso días. Para quien está al otro lado, ese silencio puede interpretarse como indiferencia, enfado o incluso una forma de castigo. Sin embargo, la psicología apunta a que detrás de esta conducta pueden existir motivos muy diferentes.

Una revisión sistemática publicada en Frontiers in Psychology ha analizado precisamente el llamado “tratamiento del silencio” (silent treatment) en las relaciones entre adultos. Los investigadores revisaron 15 estudios con un total de 2.417 participantes para conocer qué lleva a una persona a cortar deliberadamente la comunicación y qué consecuencias puede tener esta conducta.

La principal conclusión rompe con una interpretación bastante extendida: dejar de hablar después de una discusión no implica necesariamente que una persona quiera manipular o castigar a la otra. Entre las explicaciones encontradas aparecen el desbordamiento emocional, la dificultad para expresar lo que se siente, el deseo de evitar que aumente el conflicto y, también en determinados casos, la intención de ejercer control sobre la otra persona.

Por qué una persona puede quedarse en silencio

Los investigadores encontraron diferentes factores detrás de este comportamiento, entre ellos la regulación de las emociones, determinados rasgos de personalidad, procesos cognitivos, el contexto de la relación y estrategias de manipulación.

Uno de los estudios cualitativos incluidos en la revisión ayuda especialmente a entenderlo. Algunos participantes describieron el silencio como una manera de protegerse cuando se sentían emocionalmente desbordados o de impedir que una discusión fuera a más.

Los autores explican que este comportamiento estaba impulsado a menudo por el desbordamiento emocional más que por una manipulación intencionada.

Esta diferencia resulta fundamental.

Una persona puede necesitar dejar temporalmente una conversación porque está demasiado enfadada o alterada para continuarla. Otra puede utilizar el silencio deliberadamente para conseguir una reacción de su pareja. Aunque externamente ambas conductas puedan parecer iguales, la motivación psicológica no tiene por qué serlo.

Cuándo el silencio empieza a convertirse en un problema

La revisión tampoco sostiene que quedarse callado sea siempre perjudicial.

Tomarse un tiempo después de una discusión puede funcionar como una forma temporal de regular las emociones. El problema aparece especialmente cuando el silencio se prolonga, sustituye sistemáticamente al diálogo o se convierte en una herramienta para controlar la relación.

Los estudios revisados relacionan esta dinámica con consecuencias para quien la recibe. Entre ellas aparecen una menor sensación de pertenencia, una reducción de la autoestima y una menor percepción de control.

En uno de los trabajos analizados ocurrió además algo especialmente significativo: mientras quien recibía el silencio experimentaba una pérdida de control, la persona que lo ejercía mostraba una mayor sensación de control.

A largo plazo, la revisión también recoge asociaciones con soledad, agotamiento emocional y menor satisfacción con la relación.

Los investigadores resumen algunas de estas consecuencias como sentimientos de aislamiento, baja autoestima y una menor satisfacción con la relación.

No es lo mismo necesitar espacio que castigar con el silencio

Esta es probablemente la diferencia más importante que deja la investigación.

Interrumpir temporalmente una discusión para tranquilizarse no equivale necesariamente al tratamiento del silencio utilizado como castigo o mecanismo de control. La duración, la intención, el contexto y lo que ocurre posteriormente son importantes para entender la conducta.

Por ejemplo, comunicar que se necesita tiempo para calmarse y posteriormente retomar la conversación plantea una situación distinta a desaparecer emocionalmente durante días sin explicar nada y utilizar de manera repetida esta conducta ante cualquier conflicto.

De hecho, algunos de los estudios incluidos en la revisión encontraron efectos positivos cuando, después del periodo de silencio, las personas conseguían retomar la comunicación y comprender mejor el problema que había provocado el conflicto.

Por eso, los investigadores apuntan a la necesidad de avanzar del silencio hacia un diálogo constructivo.

Cuando el silencio se vuelve persistente, en cambio, puede contribuir a normalizar la evitación y el distanciamiento dentro de la relación.

Un comportamiento que no permite adivinar lo que piensa otra persona

La revisión también obliga a introducir una cautela importante. No se pueden conocer las intenciones de una persona simplemente porque haya dejado de hablar después de una discusión.

Los 15 estudios analizados utilizan metodologías diferentes y muchos dependen de cuestionarios y recuerdos de los propios participantes. Además, buena parte de las investigaciones se centraron en relaciones sentimentales.

Por tanto, el trabajo no permite establecer una regla universal sobre quienes guardan silencio ni concluir que detrás de esta conducta exista siempre una determinada personalidad.

Lo que sí muestra la evidencia revisada es que una misma reacción visible —dejar de hablar— puede esconder procesos psicológicos muy diferentes: sentirse emocionalmente desbordado, no saber cómo expresar el malestar, intentar evitar una nueva confrontación o buscar deliberadamente controlar la situación.

La diferencia, según apunta la investigación, está en por qué aparece ese silencio, cuánto dura y, sobre todo, si después permite volver al diálogo o termina sustituyéndolo.

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