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Que no me duela la pierna

Me contaba su nieto, Miguel de la Vega, que cuando a su abuelo, el gran médico otorrino don Juan Vidal, lo invitaban a una sesión de la Academia, o a asistir a algún acto social, el ilustre galeno respondía siempre lo mismo: “Disculpen, no asistiré, porque lo único que yo quiero es que no me duela la pierna”. Estoy cogiendo yo la misma cantinela cuando alguien me hace el honor de invitarme a un acto cualquiera. Sin embargo, no me pude negar, sobre todo por su insistencia, a la amable invitación del compañero Tachi Izquierdo, que me convoca para un acto en Santa Úrsula, una especie de diálogo conmigo según parece, cuya convocatoria rula por las redes, creo que para el día 17 de este mes. El único fallo es que en el cartel han colocado una tilde a (Cháves), que no lleva. También se equivocó Rayco García, que me regaló una bonita camiseta del Tete, pero con mi apellido equivocado (Chávez), o sea que este baile de tildes y de unas letras por otras me tiene el alma encogida porque después de 50.000 artículos, o más, y de tropecientos libros, nadie sabe escribir mi nombre. La gente se fija poco. Yo, cuando me pasa esto, voy enseguida al ordenador y miro. Pero reconozco que mi perfeccionismo, que tiene mucho de TOC, no me ha conducido a ninguna parte. Sigo en la misma posición de salida y me da que ya ni siquiera entretengo, lo cual es el colmo, y que me ha ganado la carrera la inteligencia artificial, que es el origen de todos los males del periodista de hoy y del analfabeto de siempre, que vienen a ser los mismos. Resignado a mi pobre suerte estoy, en estos días de soberano bochorno, empapado como un caballo de carreras, que ya ni siquiera corre. Yo lo que quiero es que no me duela la pierna. Como usted, don Juan, que en paz descanse.

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