tribuna

Taganana, escuela de resiliencia

Hay palabras que uno aprende mucho antes de conocer su significado. En Taganana, una de ellas es resiliencia. Ahora está de moda; la dicen hasta los influencers de TikTok. No recuerdo cuándo la escuché por primera vez, pero sí dónde aprendí lo que significa: en las historias de sus mayores, en los caminos que cruzan la montaña y en las ausencias que forman parte de la memoria de este pueblo.

La resiliencia tagananera parece venir de lejos, desde los tiempos de los guanches. Una capacidad de adaptación que ha permitido a Taganana sobrevivir a siglos de aislamiento, pobreza y olvido. Una herencia colectiva que ha pasado de generación en generación, no porque la vida haya sido fácil, sino precisamente porque casi nunca lo fue.

Hubo un tiempo en que el vino de Taganana salía por el Roque de las Bodegas rumbo a otros mercados. Hasta Shakespeare lo mencionó. La riqueza de aquellas viñas dejaba sus raspas a los terratenientes de la época, mientras quienes trabajaban la tierra apenas recogían, si acaso, los frutos de su esfuerzo.

Después llegaron siglos de incomunicación. Mientras la montaña separaba Taganana del resto de Tenerife, miles de tagananeros y tagananeras la cruzaban a pie por caminos antiguos, algunos prehispánicos, cargando lo que producían para venderlo en Santa Cruz o La Laguna. Porque en Taganana, demasiadas veces, lo único que había para vender era hambre y miseria.

Las familias también aprendieron a partirse. Sus hijas eran enviadas a la capital para trabajar en las casas de los popes, porque en la suya no había ni para una sopa. Bueno, sopa sí que había: de penca. Nutritiva, lo que se dice nutritiva, no era.

Una vez, un político famoso por lo bien que se le daban las matemáticas me dijo a la cara que lo barato era meter a todos los tagananeros en un bloque de Santa Cruz y que así se acabarían las carencias. Como si la solución a la pobreza de un pueblo fuera borrar el pueblo del mapa.

Y es que Taganana llegó a tener Ayuntamiento. Tras perderlo en 1850 por falta de recursos, recuperó su autonomía en 1868, al calor de La Gloriosa. Aquel Ayuntamiento revolucionario sobrevivió hasta 1877, cuando Taganana quedó definitivamente anexionada a Santa Cruz. Pero la pérdida de autonomía no supuso la desaparición inmediata de sus instituciones: hubo alcalde pedáneo hasta 1967, juzgado de paz hasta 1974 y registro civil hasta 1976. Poco a poco, servicio a servicio, Taganana fue perdiendo parte de aquella estructura que le permitía ser pueblo, más allá de un punto en el mapa de Santa Cruz.

La incomunicación física terminó con el túnel, pero el abandono encontró otras formas. La gentrificación también llegó a Taganana, probablemente antes de que aprendiéramos la palabra. Durante décadas, los visitantes ocuparon los aparcamientos que necesitaban quienes vivían allí. Y el pueblo acabó convirtiendo aquella presión en su principal industria: los restaurantes, el turismo y, más recientemente, los alquileres vacacionales.

En esta nueva era hay algo que me recuerda a aquella época del vino: el pueblo pone el trabajo y otros recogen los beneficios. Tagananeros y tagananeras limpiando, reparando y manteniendo viviendas cuyos rendimientos no siempre se quedan en allí.

Mientras tanto, hay cosas que parecen condenadas a no cambiar. Cuarenta años después, la guagua sigue sin responder a las necesidades de quienes viven allí. El campo de fútbol ha vuelto a sus orígenes y es una huerta. El polideportivo, centro de la vida en común de los veranos, de los torneos apasionados y de aquellos fines de semana de juego y fútbol sala que tan buenos ratos dieron, ya no está. Y gracias a esa resiliencia de la que tanto hablamos, ni se le espera.

Otro político, este no creo que malintencionado, sino condescendiente, me dijo que Taganana era «la periferia de la ultraperiferia» y que, precisamente por eso, había que atender primero a su gente. Una frase que sonaba a reconocimiento, pero que todavía espera convertirse en realidad.

Porque esa es también la cara menos amable de nuestra capacidad de adaptación: cuando uno se acostumbra a vivir sin algo, corre el riesgo de dejar de reclamarlo.

En Taganana, todo el mundo guarda en la memoria una expresión de sus mayores: «Cuando venga la que tenga que venir». Una frase que es resignación, sí, pero también esperanza. La esperanza de que algo cambie, de que algún día llegue lo que tanto se ha esperado.

Porque si algo sobra en Taganana es gente trabajadora. Siempre escuché, allá donde estuviera, la misma frase: «Aquí hay un tagananero. ¡No veas cómo trabaja!». Gente que no se rinde, que se adapta, que vuelve a levantarse. Pero hasta la resiliencia tiene sus límites. Lo que no consigue doblegar el esfuerzo, a veces lo consigue la inacción. Y la inacción aburre, adormece, convierte poco a poco la esperanza en espera.

Taganana lleva demasiado tiempo dormida, como ese volcán que parece no tener actividad. Pero nadie sabe cuánto tiempo puede permanecer así, ni cuándo, ni cómo, ni siquiera si algún día despertará.

Lo que sí sé es que en Taganana aprendí que la gente puede soportar mucho, pero que ningún pueblo debería tener que acostumbrarse a esperar eternamente.

Y quién sabe. Quizá algún día, cuando venga la que tenga que venir, Taganana entre en erupción.

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