El roedor que los científicos daban por extinto hace 11 millones de años apareció vivo en la selva
La rata de roca laosiana, hallada en un mercado de Laos en 1996, resultó ser el único superviviente de la familia Diatomyidae, considerada desaparecida desde el Mioceno tardío.
Los científicos daban por desaparecida desde hacía 11 millones de años a toda una familia de roedores, los Diatomyidae, conocida únicamente por fósiles del Oligoceno y el Mioceno hallados en yacimientos de Pakistán, India, Tailandia, China y Japón. Sin embargo, en 1996, un biólogo encontró ejemplares de uno de esos animales a la venta como alimento en un mercado callejero de Laos. Lo que parecía un hallazgo menor acabaría siendo uno de los descubrimientos zoológicos más sorprendentes de las últimas décadas: un fósil viviente que había sobrevivido en silencio a once millones de años de historia natural según publica Science.
Todo comenzó cuando el biólogo Robert Timmins se topó en 1996 con unos roedores de aspecto inusual que se vendían como alimento en el mercado de Thakhek, en la provincia de Khammouan, al sur de Laos. Los científicos no tardaron en recibir más indicios: cráneos y fotografías aportadas por aldeanos del mismo distrito, junto con fragmentos de mandíbula recuperados del excremento de búho en un sistema de cuevas de la región. Poco después, un tercer ejemplar apareció en manos de un niño al borde de una carretera, también en Thakhek. La criatura, de aspecto oscuro y cola peluda como la de una ardilla, no encajaba con ningún roedor conocido.
Los ejemplares fueron enviados al Museo de Historia Natural de Londres, donde los científicos los clasificaron inicialmente como una especie totalmente desconocida para la ciencia: la rata de roca laosiana, bautizada formalmente como Laonastes aenigmamus. El nombre no es casual: Laonastes significa «habitante de la piedra» en referencia a las rocas calizas donde vive, mientras que aenigmamus puede traducirse como «ratón enigma», aludiendo a su posición incierta en el árbol evolutivo. En 2005, los investigadores, encabezados por Paulina Jenkins, publicaron un artículo en la revista Systematics and Biodiversity en el que proponían una familia taxonómica completamente nueva, la Laonastidae, para acoger a esta criatura tan singular.
Lo que los científicos descubrieron al revisar los fósiles
El caso tomó otro rumbo en 2006, cuando un segundo equipo de científicos, liderado por la paleontóloga Mary Dawson del Museo Carnegie de Historia Natural, se puso a revisar colecciones de fósiles históricos. Al comparar la morfología del cráneo de Laonastes aenigmamus con la de fósiles de roedores extintos, los investigadores detectaron un parecido asombroso con los restos de la familia Diatomyidae, cuyo registro fósil abarca desde el Oligoceno temprano hasta el Mioceno tardío. En un artículo publicado en la revista Science, los científicos concluyeron que el animal no pertenecía a una familia nueva, sino que era el único superviviente de un linaje que la ciencia consideraba extinguido desde hacía 11 millones de años.

El fenómeno que describe este tipo de hallazgo tiene nombre propio en biología: el efecto Lázaro. Se trata de esos casos en los que una especie desaparece del registro fósil y reaparece más tarde, viva o en yacimientos más recientes. Los científicos señalaron en el artículo de Science que la rata de roca laosiana era «un ejemplo particularmente llamativo del efecto Lázaro en mamíferos recientes». El único paralelo conocido en mamíferos con una brecha temporal comparable es el monito del monte, un marsupial sudamericano también emparentado con formas del Mioceno.
La morfología del animal, una vez examinada con detalle, reforzó la tesis de los científicos. Su cráneo presenta rasgos que lo separan de todos los demás mamíferos vivos. El pelaje es gris pizarra oscuro, la cola espesa y negruzca, y la cabeza grande con orejas redondeadas y largos bigotes. Pese a ese aspecto que recuerda a una rata, no está adaptada a trepar como sus primos más ágiles: se mueve con un característico balanceo sobre los afloramientos de roca caliza, sin escalar lianas ni troncos.
El día que los científicos filmaron por primera vez un ejemplar vivo
Tras la publicación del artículo de 2006, los científicos David Redfield, profesor emérito de la Universidad Estatal de Florida, y el biólogo de fauna tailandés Uthai Treesucon se propusieron encontrar un ejemplar vivo en su hábitat natural. Trabajando junto a cazadores y guías locales cerca de la frontera tailandesa, y tras varios intentos fallidos, consiguieron su objetivo. El 13 de junio de 2006, en la aldea de Doy, en Laos, lograron fotografiar y filmar en vídeo un espécimen vivo antes de liberarlo de vuelta a su hábitat rocoso. Era la primera vez que los científicos obtenían pruebas visuales directas de que la especie seguía con vida en estado silvestre.
El animal habita los karsts de roca caliza de la provincia de Khammouan y el sur de la provincia de Bolikhamxai, en Laos, así como una pequeña zona del distrito de Minh Hóa, en la provincia vietnamita de Quảng Bình, incluyendo el Parque Nacional Phong Nha-Ke Bang. Vive en grietas y oquedades al pie de escarpadas formaciones rocosas, bajo cobertura de bosque siempreverde, a altitudes de entre 150 y 850 metros. Se trata de un animal nocturno y herbívoro que los aldeanos de la región conocen desde hace generaciones con el nombre local de kha-nyou.
El caso ilustra con claridad el valor del conocimiento local. Mientras los científicos debatían la clasificación taxonómica del animal en laboratorios lejanos, los habitantes de Laos llevaban décadas conviviendo con él como si fuera un animal más del entorno. Fueron precisamente los aldeanos quienes proporcionaron los primeros cráneos, fotografías y fragmentos óseos que pusieron la investigación en marcha. Sin ese conocimiento popular, los científicos habrían tardado mucho más en dar con el eslabón perdido de una familia de roedores que el registro fósil daba por clausurada en el Mioceno.
Un estudio genético publicado en 2012 en la revista PLoS ONE añadió una nueva capa de complejidad al hallazgo: los análisis de ADN nuclear y mitocondrial sugirieron la existencia de varios linajes diferenciados dentro de la especie, lo que abre la posibilidad de que existan subespecies o incluso especies distintas aún por describir. Los científicos mantienen abiertas las investigaciones sobre la biodiversidad de este grupo en la región.