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jueves, 10 de septiembre de 2026 · 04:07 · Canarias
Fauna

Las especies invasoras en Canarias que ya no se pueden erradicar y que habitan en estas zonas

La batalla de Canarias ya no es echar a la culebra, sino evitar que salte de isla

Culebra real californiana en Canarias
Culebra californiana en Canarias · Agencias

Hay una frase que se repite en los informes técnicos sobre biodiversidad en Canarias y que rara vez llega al debate público: erradicar por completo las especies invasoras ya es imposible. No es pesimismo de despacho, es una constatación operativa. Algunas llevan tanto tiempo asentadas y tan repartidas por el territorio que ningún plan realista contempla ya su eliminación total. Lo que sí se puede hacer, y es donde se concentra hoy el esfuerzo, es evitar que lleguen más y frenar el avance de las que están.

El archipiélago es especialmente vulnerable por una razón evolutiva. Los ecosistemas geográfica y evolutivamente aislados, como son las islas, alojan especies que se desarrollaron sin competidores ni depredadores equivalentes a los que llegan de fuera. Cuando aparece uno, el endemismo no dispone de defensas. Por eso un real decreto prohibió específicamente la entrada en Canarias de 48 especies exóticas invasoras, entre ellas 19 plantas, 17 reptiles, nueve mamíferos y tres aves, con un criterio expresamente preventivo: no hacía falta que estuvieran aquí, bastaba con que existiera riesgo de que llegaran a través del comercio, la jardinería o la tenencia de mascotas.

La que ya no tiene marcha atrás en Canarias

El ejemplo más contundente no es un animal exótico ni un reptil espectacular, sino una planta ornamental. La valeriana roja, Centranthus ruber, procede de la cuenca mediterránea y llegó al archipiélago en el siglo XIX a través de la horticultura y la jardinería. Hoy está naturalizada en las siete islas y su control y erradicación se consideran directamente imposibles. Se propaga sola gracias al viento, resiste plagas y enfermedades, y altera los patrones naturales de especies endémicas como el incienso canario, el hinojo o la zarza común. Por si fuera poco, facilita el florecimiento de otras invasoras.

Es la historia habitual de cómo empiezan estas invasiones en Canarias: casi nunca con una llegada dramática, sino con una decisión doméstica y bienintencionada. Una planta bonita en un jardín, una mascota que se suelta al medio natural, un macetero que viaja con polizones. El panel internacional de expertos en biodiversidad ha advertido en su último informe de que la amenaza global de las especies exóticas invasoras está infravalorada, subestimada y con frecuencia directamente ignorada.

La detección temprana y la respuesta rápida son la clave de las pocas erradicaciones que resultan exitosas y rentables. Una vez que una especie se asienta y se reparte, el coste de eliminarla se dispara hasta hacerse inasumible.

La frontera que Canarias sí puede defender

El caso de la culebra real de California ilustra el otro lado del problema. Está asentada en cuatro núcleos de Gran Canaria que se extienden del norte al suroeste, lo que significa que ocupa ya la mayor parte de las zonas medias y bajas de la isla, y lo hace en ambientes naturales, agrarios e incluso suburbanos. Sus efectos son severos sobre la fauna propia: el lagarto gigante de Gran Canaria figura en peligro crítico de extinción en la Lista Roja de la UICN, y la lisa y el perenquén han desaparecido de varias zonas invadidas. Las cuatro especies de lagartos gigantes de Canarias están en riesgo por la combinación de gatos asilvestrados, culebra y actividad humana.

El Gobierno autonómico reconoce abiertamente que la erradicación completa no se ha conseguido y que cada año resulta más difícil. Pero ha reorientado el objetivo hacia algo que sí está a su alcance: impedir el salto a otras islas. Y ahí los datos de 2026 son buenos. Según la consejera Nieves Lady Barreto, los nueve operativos desarrollados en el último año y los controles realizados este ejercicio no han detectado ni un solo ejemplar en las instalaciones portuarias. En el trabajo participan de forma coordinada la Unidad de Vigilancia e Inspección Administrativa de la Policía Canaria, el Servicio de Biodiversidad del Gobierno de Canarias y el Cabildo de Gran Canaria.

Esa es, en el fondo, la lección que deja el conjunto. La gestión de invasoras en Canarias se articula por fases: prevención y bioseguridad en las vías de entrada, alerta temprana cuando se detecta algo, y después seguimiento, control, contención o erradicación según lo que sea viable en cada caso. La última opción es la menos frecuente, y no por falta de voluntad.

Queda el papel de la ciudadanía, que en un territorio tan fragmentado no es menor. La ciencia ciudadana, a través de iniciativas de seguimiento de biodiversidad marina como RedPROMAR, se ha revelado clave para detectar a tiempo especies exóticas que de otro modo pasarían inadvertidas durante años. Y hay una parte que depende únicamente de decisiones individuales: no soltar mascotas al medio, informarse antes de plantar, avisar cuando se ve algo raro. En Canarias, donde una isla entera puede perder un endemismo por un solo animal que cruzó en un contenedor, esa cadena de pequeñas decisiones pesa más que en casi ningún otro sitio.

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