despuÉs del parÉntesis

El intercambio

Se ve una barrera de alambres y de espinos. Se percibe la frontera ahí

Se ve una barrera de alambres y de espinos. Se percibe la frontera ahí. Descubrimos dos situaciones: una, a la izquierda, encierra a los refugiados sin destino; otra, a la derecha, a quien ha cruzado. En la primera, un hombre con la cabeza y los ojos alzados se dirige hacia otro hombre del lado contrario. La escena ocurre porque el que acepta el regalo del abatido se encuentra, ya digo, en el límite útil de ese infausto territorio. Extiende los brazos y toma al pequeño que le ceden. El padre, agachado para que la operación sea posible, tiene la boca abierta. No dice nada. Acaso respire con ansiedad, porque su hijo va a salir de su vida y de la vida de la madre para siempre. El que acepta no tiene rostro; la oscuridad lo tapa. La fotografía en blanco y negro hace más tétrica, si cabe, la escena. El niño, frente al padre, tiende los brazos hacia él, como si buscara el amparo de aquel al que no quiere abandonar.

La razón tacharía de inconsciente ese gesto, pero es contumaz; el afecto lo avala, mas es definitivo. El rostro del infante, como todo rostro de infante, es resplandeciente y alberga toda la felicidad y la ventura que un cuerpo tan pequeño ha de transmitir. Pero la época que vivimos es así de implacable; lo hemos aprendido los humanos, incluso los que vivimos en los territorios de suficiencia. No es la madre quien cede a su hijo; una madre jamás participaría en una condena tal. Es el padre, porque todo padre atiende con suficiencia a la salvaguardia de sus hijos. Luego, ellos, que son prófugos de una guerra siniestra en Siria, que no han tenido otro remedio que moverse para proteger, cometen el acto angustioso de ceder a su hijo por el único resquicio que la historia les cede a fin de que el ahora pequeño cuente con porvenir.

Un fotógrafo estaba allí, porque hay seres de este orbe a los que no los coacciona el miedo y el peligro. Es su responsabilidad dar cuenta y mostrar lo que en este perverso y siniestro mundo ocurre. Es la instantánea que se alzó este año con el World Press Photo. Y se aduce que la catástrofe de los refugiados acapara la inmensa mayoría de las fotos que el jurado de ese premio revisó. ¿Por qué? ¿Porque los acomodados de este abyecto planeta hemos de revisar la mala conciencia que nos aturde? ¿Cómo nombrar la desproporción? Sin palabras. No porque la imagen no sea explícita sino porque así se manifiesta esta pavorosa trama: si futuro para los que nacen en semejante antagonismo, padres a los que se les raja el alma por actuar.

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