Vale, ha llegado y se irá pronto la Semana Santa, que es una frontera. Para todo. Incluso para pagarle a Hacienda. ¿Y ahora? ¿Qué ocurrirá ahora? ¿Se pondrán de acuerdo quienes deberían hacerlo para gobernar el país o nos obsequiarán con una nueva demora institucional? Esta es una pausa ficticia, una celebración, por muy solemne que sea, que no debería ser frontera de nada. Todo se deja para después de Semana Santa, como si hasta los ateos quisieran buscar inspiración divina que emana de ella para dirimir las grandes necesidades de la nación. La Semana Santa, más que una excusa es la esperanza de una gente que ve que su futuro se disipa en el tiempo sin que nadie encuentre una solución aceptable. Llevamos meses sin dirección efectiva sino con un Gobierno en funciones que no puede tomar determinadas decisiones. España es un barco sin piloto y todo el mundo está pendiente de un Ejecutivo estable que dirija el país y lo lleve, en lo posible, a buen puerto. La Semana Santa era la época fronteriza, el tiempo inconscientemente establecido para llevar a término el mandato constitucional, aunque luego haya más plazos, en los que ocurrirá lo mismo. Hemos llegado hasta aquí y no hay Gobierno. En mayo, si ellos no lo remedian, se celebrarán otras elecciones inciertas. ¿Y ahora? ¿Qué pasará ahora? ¿Estableceremos un nuevo plazo “religioso”? ¿El Día de la Madre, quizá? De locos. De locos, pero el país sigue al garete y, de momento, sin soluciones. Hasta a mí me cuesta hacer un artículo en la Semana Santa, sobre todo cuando no hay esperanza.
¿Y ahora?
Vale, ha llegado y se irá pronto la Semana Santa, que es una frontera. Para todo. Incluso para pagarle a Hacienda. ¿Y ahora? ¿Qué ocurrirá ahora?
