Dice Nicolasito, el hijo de Maduro, preso el expresidente en Nueva York, que su padre lee la Biblia en el talego, que también le llegan otros libros a la celda y que se mosquea cuando pierde el FC Barcelona, que es el equipo de sus amores. Hace falta estómago para ser hincha del Barcelona, que es la otra señera del más rancio independentismo catalán, aunque yo respeto el pegamento de cada cual a unos determinados colores. A mí el Real Madrid también me cabrea mucho y soy más blanco que Santiago Bernabéu, como lo fueron mi padre y mi abuelo. Pero Nicolasito, que por lo que se ve visita a su padre en la trena (es raro que dejen entrar en los Estados Unidos a vástago tan controvertido), ha revelado la condición de culé de su papi. Cuidado, porque si Maduro confiesa que es culé vayan a interpretar otra cosa algunos latinos que no hablen el dialecto catalán y que sean sus compañeros de hotel. Con el idioma no se debe jugar jamás; y menos en tierra extraña. Si leen o escuchan a Jaime Bayly se enterarán de lo que ocurre en Venezuela, en donde los analistas de ese país (que suelen pertenecer a la CIA, no lo digo en el caso del escritor) cifran en más de 500 los presos políticos que restan por liberar. Yo atiendo a las declaraciones de Nicolasito, que es un cara de órdago, teniendo en cuenta que en portugués “cara” puede ser traducido como “tipo”, al menos en el portugués que canta Roberto Carlos, que es el portubrasileiro. Nicolasito nos ha recordado a su padre, me parece que en una entrevista en El País, que de vez en cuando tiene estos ramalazos de humor, ahora que cumple sus cincuenta años de vida y organiza ferias en el viejo Matadero de Madrid. Por cierto, El País no tiene la exclusiva de la democracia. Yo también estaba allí.
