No es de Ferreras del que quiero hablar hoy, el que entrevista como debía hacerlo la santa inquisición, con su erguido dedo al rojo vivo en la sexta. Es como imagino interrogando a Tomás de Torquemada, el inquisidor emérito, con sus locas hostigas de herejes y judíos ¡Curioso! La sangre que tanto derramó era la de sus ancestros, una familia judía conversa a la santa fe, como contó Hernando del Pulgar cronista de la época. De Ferreras me agitan su índice inquisidor y su ceño fruncido.
Pensaba en el joven Errejón, mientras estaba absorto en el recuerdo de una dura película, pero se me fue el santo al cielo, la nueva historia de Billy el Niño y Pat Garret obra del gran Sam Peckinpah, con la que dio vida a un género que moría y al que pudo poner otra vez en boga. William Bonney era conocido como “Billy el Niño” o “Errejón el Joven”.
Estando en la cárcel condenado a morir en la horca, robó un colt 44, con el que consiguió huir. El sheriff Pat Garrett que en otros tiempos cabalgó con él, es el encargado de darle caza ¿Suena? No sé si la película tiene algo que ver con el tono político que vivimos, entre los tan traídos postureos, posados y llamadas telefonomaníacas, que van a acabar con todos ellos, atufan a bandoleros echando una partida a un juego de rol llamado
Hace unas semanas el problema estribaba en las fechas para los debates y votaciones de la investidura de Sánchez. Poco faltó para la balacera; el vocero del pepé, desenfundó y arremetió contra López por “querer engañar a los españoles”. Al tiempo, Errejón, portavoz de los Círculos -no sé por cuánto-, también tiró de su colt, ¡un debate en diferido!, gritó para no enfadar a su mandamás, eso sí, por lo bajini. Ha pasado un mes y la calcinita ya quema las manos del jacobino que no debe olvidar que los castillos se derrumban solos. “Errejón el Joven” es el balance humano del líder absoluto, sabe que hay que engatusar, no espantar. Y lo hace explicando su papel de chico sensato, al que preocupa la agresividad circular y el lenguaje revanchista de Pat.
Leí en “Cien años de Soledad”: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”. ¡Siempre los dedos!



