Carece de sentido hacer predicciones, menos aún en un mundo donde los acontecimientos se aceleran, los liderazgos se vuelven más imprevisibles y las reglas que durante décadas ordenaron la convivencia internacional parecen cada vez más frágiles. Pero una cosa es no pretender adivinar el futuro y otra muy distinta es no observar las tendencias.
Y la primera tendencia es clara: estamos entrando en una fase de cuellos de botella. Durante años pensamos que la globalización era una autopista amplia, eficiente y relativamente segura. Bienes, energía, capitales, tecnología y personas circulaban con bastante fluidez. Hoy descubrimos que el sistema dependía de demasiados puntos vulnerables: un estrecho marítimo, una cadena de suministro, una red eléctrica, un chip, un satélite, una divisa, una institución o una decisión política tomada a miles de kilómetros.
El estrecho de Ormuz es el símbolo más evidente. No hace falta dominar el mundo para ponerlo en tensión. Basta con poder bloquear, amenazar o encarecer el paso por uno de sus corredores esenciales. La guerra con Irán ha vuelto a recordarnos que la energía no es una variable secundaria. Es la base física sobre la que descansa la economía moderna. Sin energía abundante, segura y razonablemente barata, no hay industria, no hay logística, no hay crecimiento sostenible y no hay estabilidad social.
Asia lo está comprobando con crudeza. Su dependencia del petróleo y del gas que transitan por Ormuz la convierte en la principal víctima económica del shock. Europa tampoco puede mirar hacia otro lado. Y Canarias, menos aún. Somos territorio ultraperiférico, insular, dependiente del transporte marítimo y aéreo, y especialmente sensible al coste de la energía. La geopolítica no queda tan lejos: acaba apareciendo en la factura eléctrica, en el precio del combustible, en el coste de importar alimentos y en la competitividad de nuestras empresas.
La segunda gran tendencia es la fragmentación de las alianzas. Estados Unidos ya no actúa siempre como garante automático del viejo orden. Europa habla de autonomía estratégica, pero aún depende demasiado del paraguas militar, financiero y tecnológico norteamericano. Quiere rearmarse, ganar resiliencia y diversificar sus relaciones comerciales, pero su principal limitación sigue siendo política: necesita consensos lentos para problemas que exigen respuestas rápidas.
La tercera tendencia es más profunda: la tecnología se ha convertido en territorio geopolítico. La inteligencia artificial no es solo una herramienta de productividad. Es poder. Poder económico, militar, industrial y cibernético. Los nuevos modelos avanzados pueden transformar la seguridad, las finanzas, la energía, las telecomunicaciones o la salud. El problema es que la gobernanza internacional va muy por detrás de la capacidad tecnológica. Como casi siempre, primero llega la innovación; después, el riesgo; y solo mucho más tarde, la regulación.
Y la cuarta tendencia tiene que ver con la fragilidad institucional. Venezuela puede abrirse parcialmente al capital, normalizar relaciones y recuperar producción petrolera. Pero sin Estado de derecho, sin garantías, sin transparencia y sin una hoja de ruta política creíble, el dinero entra con prudencia o no entra. La fachada puede cambiar antes que el sistema operativo. Y los inversores deberían saberlo: no basta con que un activo parezca barato; hay que poder confiar en las reglas del juego.
En síntesis, el mundo se está reorganizando alrededor de una pregunta incómoda: ¿quién puede bloquear qué? No vivimos solo una competencia entre grandes potencias. Vivimos una competencia por controlar activos críticos del sistema global: energía, datos, chips, minerales, rutas marítimas, capacidad militar, financiación y legitimidad institucional.
A los ciudadanos les exige menos ingenuidad. A las empresas, más capacidad de adaptación. Y a los inversores, una lectura más fría de los escenarios. Para territorios como Canarias, además, deja una conclusión evidente: la seguridad energética, la diversificación económica, el agua, las infraestructuras y la capacidad de atraer inversión no son debates técnicos. Son cuestiones estratégicas.
El mundo que viene no será necesariamente peor. Pero sí será más exigente.
Y en un mundo más exigente, quien dependa demasiado de otros, tarde o temprano, descubrirá el precio real de su vulnerabilidad.
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