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Ambrosio Jiménez

Mientras unos empresarios se dan la mano para cerrar un trato y luego no lo cumplen, la palabra de Ambrosio Jiménez Quintana vale más que mil contratos

Mientras unos empresarios se dan la mano para cerrar un trato y luego no lo cumplen, la palabra de Ambrosio Jiménez Quintana vale más que mil contratos. Empresario hecho a sí mismo, la entrevista que publicó este diario en papel el domingo, y que hoy será elevada a la edición digital, rebosa humanidad, sentido común y dolor por el trato desigual que las instituciones mantienen con unos y otros empresarios. Ambrosio Jiménez puso algunos ejemplos de emprendedores honestos: Santiago Puig, Pedro Modesto Campos (q.e.p.d.) y Antonio Plasencia. Hay muchos más, claro está, pero estos serían, en todo caso, indiscutibles. Carmelo Rivero supo sacar toda la humanidad y la inteligencia que este hombre lleva dentro y volcarla en una entrevista magistral. Aprendió a leer con sus hermanas, fue pastor de cabras y estuvo a punto de morir cuando una viga le cayó en la cabeza. Entonces vio a la Virgen, que tenía a su hijo mayor en los brazos. Esto, que seguramente es verdad, se lo toman a coña hasta los obispos. Ambrosio, como ser humano, es una persona extraordinaria. Yo lo conozco bien, soy su amigo y valoro lo que hace. Quien no lo quiere es quien no lo conoce. Las anécdotas que refleja Carmelo en la entrevista definen bien su personalidad. Es un gran tipo. En esta Canarias donde reina la envidia, muchas piedras le quieren poner en el camino. Pero Ambrosio Jiménez no es de los que se rinden. Ni su familia tampoco. Le queda por delante una larga historia, aunque cada vez que termina un proyecto él dice que será el último. Otro apretón de manos sellará el próximo.

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