¿Un bravucón? Kim Jong-un, que se las gasta peludas a pesar de sus rapados a cepillo. No hace mucho se le murió otro Kim, este, un tal, Yang-gon, ex secretario del Partido de los Trabajadores y miembro del Comité Central del Politburó norcoreano. Murió en un trágico accidente de coche. La lista de asistentes al mencionado funeral incluyó por sorpresa a Choe Ryong-hae, pieza clave del régimen y del que no se conocían noticias desde hace prácticamente dos meses. Su ausencia en los medios de comunicación estatales desataron los rumores de una posible purga, pero los servicios de espionaje vecinos señalaron que había sido enviado “a una granja rural” como castigo por haber no haber gestionado correctamente el proyecto de construcción de una planta hidroeléctrica.
¿Un pusilánime? Se me ocurren bastantes, la que no lo parece es Susana Díaz, nunca da por hecho que optará a la dirección de su partido pero, eso sí, a Sánchez, lo “trae a mal traer”. En este sentido, su Cornejo reitera que ella “nunca ha manifestado sus deseos”. Si bien, los ex circulares confían en que el temor a una posible candidatura de Díaz para liderar el pesoe lleve a Sánchez a rolar a la siniestra con su vicepresidente por sus curvos güevos, que no a la flamenca, estos a la valenciana.
De los bravucones españoles que han surgido por último he de destacar al de los círculos desconcéntricos, no porque Pablo no esté del todo concentrado, que en lo de él está a tope. Me recuerda al del martillo, erre que erre, ayer mientras escribía me lo encontré en la prensa preparando la vuelta de Errejón tras su estancia de dos semanas pagadas y en silencio en “una granja avícola”, tras la caída de su mano izquierda, Sergio Pascual, el ex Secre de Desorganización –visto lo visto-. El martes lo dejarán participar en la Junta de Portavoces del Congreso y volverá al trabajo parlamentario.
Es entonces cuando Sancho Panza se da cuenta adónde le han llevado sus delirios de grandeza. Está amaneciendo y en lugar de desvestirse para echarse en la cama, se pone la ropa, y va a las caballerizas. Allí está el burro que le ha acompañado en todas sus desdichas. Sancho Panza le besa y con lágrimas en los ojos le dice: “Venid vos acá, compañero mío y amigo mío y conllevador de mis trabajos y miserias: cuando yo me avenía con vos y no tenía otros pensamientos que los que me daban los cuidados de remendar vuestros aparejos y de sustentar vuestro corpezuelo, dichosas eran mis horas, mis días y mis años; pero después que os dejé y me subí sobre las torres de la ambición y de la soberbia, se me han entrado por el alma adentro mil miserias, mil trabajos y cuatro mil desasosiegos”.
