santa úrsula

La mujer que endulzó la vida al pueblo

A sus 85 años, doña Engracia dice adiós a su kiosco de golosinas de la carretera general, donde ha trabajado gran parte de su vida
Doña Engracia vivía justo al lado de su kiosco y eso le permitió continuar con el negocio hasta último momento, cuidada por los vecinos de la zona. FRAN PALLERO
Doña Engracia vivía justo al lado de su kiosco y eso le permitió continuar con el negocio hasta último momento, cuidada por los vecinos de la zona. FRAN PALLERO

A muchos vecinos de Santa Úrsula todavía se les hace difícil pasar por la carretera general y no ver el carrito de golosinas de doña Engracia, una mujer que ha endulzado durante 33 años la vida de casi todo el pueblo.

Siempre tenía una sonrisa y un saludo amable para todos sus clientes y un caramelo al alcance de la mano para “matar la fatiga” o para aquellos niños cuyos padres no tenían dinero para comprarle chocolates o chuches.

Doña Engracia nació en Jaén, pero desde muy joven vino a Tenerife. Llegó a Santa Úrsula a finales de los años 60 por casualidad y nunca más volvió a irse. Allí tuvo que forjarse un futuro. Quería poner una tienda de punto y croché, pero los números no daban.

Fue doña Carmen, que regentaba el kiosco ubicado en la plaza, quien le aconsejó que pusiera uno. La distancia que separa ambas instalaciones es de apenas 200 metros. Sin embargo, nunca compitieron, sino todo lo contrario, siempre se ayudaron.

Lo abrió con el apoyo de muchas personas a las que todavía recuerda, como los distribuidores de golosinas, Juan y Cipriano. Pero hace dos meses, justo antes de cumplir los 85 años y obligada por un accidente doméstico del que prácticamente ya se ha recuperado, le dijo adiós.

El carrito. | F. P.
El carrito. | F. P.

Fue el segundo carrito que vendía golosinas en el municipio. Estaba a pocos metros del cine, en una avenida cuyo aspecto nada tiene que ver con el actual, plagado de comercios y cafeterías. Ella misma armaba las bolsitas que después vendía y en las que ponía “un poquito de todo”.

Los niños fueron siempre su gran alegría y la seguían mucho. Algunos la llamaban abuela, “quizás porque los trataba de usted, con mucho respeto, como si fueran adultos”.

Engracia conserva sus amigos en el pueblo. Resulta complicado ir a su lado sin que se detenga varias veces a saludar. Su trabajo lo era todo, por eso no quería ir a vivir a Adeje con la familia de su hija Nieves, pero tuvo que hacerlo a la fuerza y ahora está feliz. “Ya es hora de descansar”, dice.

[su_note note_color=”#d0d3d5″ radius=”2″]Al comienzo fue mucho esfuerzo y la rentabilidad era “a golpe de pesetas”
Su jornada comenzaba muy temprano porque recibía y el pan y a los niños que se bajaban en la parada de la guagua escolar ubicada al lado del estanco. “Venían a comprar jugos y bollitos antes de entrar al colegio”, recuerda. “Pero ahora todo cambió. La competencia es cada vez mayor y eso no lo puede afrontar cualquiera”, apunta doña Engracia, con voz tierna y emocionada al hablar de su trabajo.[/su_note]

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