Había pasado toda la tarde tratando de encontrar el verso ideal para acabar aquella estrofa que tanto se le resistía. No era sencillo escoger las palabras adecuadas, el ritmo preciso. Barajó varias opciones, pero cuando las entonaba al viento, no funcionaba. Borrón y a seguir, abyecta tarea la del creador, sufriendo el desarraigo de la idea que no funciona, la tristeza de la soledad descarnada, el vacío de la hoja en blanco. Continuó hasta la extenuación, obsesionado con rematar la faena y salir de su estudio triunfante, con el problema resuelto en busca del merecido descanso del guerrero. Sin embargo, no lo logró.
Vencido por su propio yo decidió abandonar el trabajo y regresar a casa. Cabizbajo, enfundado en su vieja chaqueta gris, emprendió el camino con la mirada clavada en los pies. Su mente no dejaba de dar vueltas, albergando una mezcla de frustración y rabia. “Nada es como uno sueña”, se decía para sí mismo en voz alta al tiempo que negaba con la cabeza.
Las sensaciones fueron en aumento, razón por la que decidió hacer un alto en el camino, no podía llegar y dormir con aquella carga. El primer trago pasó por la garganta empapando el conducto de alcohol y efluvios. La sensación en nariz logró que pudiese respirar aliviado. El segundo trago consiguió que levantase la mirada. A su lado se sentaban dos jóvenes que no paraban de reír, de abrazarse y celebrar; seguramente habrían encontrado un buen motivo. Al fondo del local los mayores de la zona discutían azarosamente como cada tarde; nunca se ponían de acuerdo y sin embargo repetían. En una mesa cercana una tensa pareja comía en rotundo silencio y en medio de la algarabía la constante televisión que nadie ve pero que acompaña sin descanso. Observó cada escena como si las hubiera visto por primera vez y sintió una emoción temprana. Con un gesto indicó al camarero que quería la cuenta. Pagó y se marchó.
Aquella noche no regresó a casa. Volvió al despacho y encendió el ordenador, comenzando a escribir de manera casi automática. Nació su primera novela y jamás acabó el poema, que quedó para siempre huérfano de final. Y fue cierto: las cosas no son siempre como uno pretende.
@cesarmg78
