No era un gran edificio la Facultad de Derecho. Pero me habían llevado allí para enseñarme algo que, estoy seguro, valoraban muchos espiritualmente hablando, así que supuse que dentro de la gran mole de piedra y mármoles, hallaría la respuesta a la pregunta que me hice en cuanto mis amigos de Falca me explicaron que debería conocer la Universidad de su población y, dentro de ella, la Facultad de Derecho, de donde salían, prácticamente, los mejores abogados y jurisconsultos de la nación. ¿Por qué precisamente a la facultad de Derecho de Falca?.
Tras en gran portal las cosas no mejoraba. Grandes pasillos pero oscuros, con puertas a ambos lados y al otro de una de ellas, que estaba abierta, vislumbré un aula un tanto tristona que me recordó la vieja clase de Anatomía de la Facultad de Medicina de San Carlos, donde yo había estudiado.
Me extraño la quietud del ambiente. Me aseguraron que se estaban impartiendo clases, si bien en cualquier facultad de mi tierra, aún en dís lectivos, habría cierto movimiento por los pasillos. No parecía que existiesen por aquellos lóbregos lugares seres humanos, aparte de nosotros cuatro.
Me equivocaba, pues al poco rato nos cruzamos con un señor barbudo que me recordó a nuestro jefe de gobierno, el cual, sorprendentemente, se dirigió a mí y dijo ¨Hay que persistir amigo Luis, hay que persistir” , tras lo cual desapareció tras un recodo del pasillo.
Tal vez las paredes y las puertas fuesen muy gruesas por lo que insonorizaban las aulas. En el aire se olía un aroma que hasta que hubo pasado bastante rato no ubiqué: Olor a madera de cedro. En aquella vieja construcción la madera de los viejos cedros predominaba rotundamente.
Cuando llevábamos un buen rato atravesando aquellos pasadizos que a mí me parecían todos iguales, como si estuviésemos girando en círculos, volviendo por corredores que ya habíamos transitado, mis tres acompañantes se pararon delante de la enésima puerta, idéntica a todas las anteriores ya vistas y me indicaron que me colocara estratégicamente para que “viese algo”.
Aquello duró un parpadeo. Entreabrieron la puerta unos escasos milímetros y antes de que yo pudiese enfocar mi vista (cosa difícil porque además todo estaba muy oscuro) , la volvieron a cerrar de golpe.
Mi cara de sorpresa debió de ser muy expresiva, así que tuvieron la amabilidad de explicarme todo lo que había ocurrido:
“Aquí, en esta habitación, dio su última conferencia Galileo; como supondrá, hace siglos, muchos siglos. Y para que sus palabras no se escapen, antes de que se den cuenta de que la puerta está abierta, la volvemos a cerrar rápidamente.”.
Luis Espinosa García 01-01-2016



