Los sueños y la hipocresía

Quién no ha soñado alguna vez con ser el malo de la película? ¿Quién no se ha lamentado de no haber sido capaz de protagonizar el asalto al tren de Glasgow? ¿Quién, en su fuero interno, no ha profesado una oculta admiración por el Padrino don Vito Corleone?

Quién no ha soñado alguna vez con ser el malo de la película? ¿Quién no se ha lamentado de no haber sido capaz de protagonizar el asalto al tren de Glasgow? ¿Quién, en su fuero interno, no ha profesado una oculta admiración por el Padrino don Vito Corleone? ¿A quién no le hubiera gustado ser el protagonista de El Caso de Thomas Crown, donde Steve McQueen, un millonario hombre de negocios, comete el crímen perfecto haciendo que cinco hombres roben dos millones y medio de dólares de un banco de Boston? Thomas nunca se encuentra cara a cara con ninguno de los cinco, ni antes ni después del crimen, y ellos no se conocen entre sí. Al final, guarda el botín anónimamente en un banco de Ginebra. Hasta, ¿quién no esbozó una sonrisa cuando leyó que el Dioni se había llevado un furgón lleno de sacas con dinero? Después, se nos borró la sonrisa cuando vimos que lo hacía para gastárselo en putas y comprarse un peluquín. Nos hemos sentido devotos seguidores de personajes como Papillon o el protagonista de El Expreso de Medianoche.

Me he dado cuenta de que el ser humano es selectivo en su admiración por determinados delincuentes, pues no conozco a nadie que se declare admirador de Bárcenas, Blesa, Rus, Correa, Urdangarin o Guerrero el de los ERE. Tampoco creo que tengan fans, ni el de Manos Limpias ni el de Ausbanc, que son los últimos que han aparecido en el mercado. Sería un hipócrita si no reconociera que yo he soñado con tener cuentas en Suiza, en las Islas Caimán, en Panamá… A partir de ahora, igual tengo sueños (o pesadillas), de que tengo cuentas en la isla de Jersey.

En alguno de esos sueños, me veo atento por sí aparezco en los papeles de Panamá. Sería señal inequívoca de que estaba forrado y no sabía qué hacer para sacarle mayor provecho a mi dinero. Cuando me despierto y vuelvo a la realidad y me acuerdo de que tengo que pagar la hipoteca, el recibo de Jazztel, el de la luz, el del agua y el del Ocaso, no puedo evitar que del pecho me salga un ¡ñoos! que hace temblar los cimientos del edificio.

En ese momento es cuando me doy cuenta de que esos sueños, que a veces son agradables, podemos tenerlos todos… menos los políticos. Deja ver…

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