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En el país de las maravillas

La justicia ha ordenado, sin más recursos posibles, el derribo del edificio de Dominique Perrault, en Las Teresitas

La justicia ha ordenado, sin más recursos posibles, el derribo del edificio de Dominique Perrault, en Las Teresitas. Perrault es uno de los mejores arquitectos del mundo. Decenas de capitales de toda Europa darían lo que fuera por contar con un inmueble de este genio de la arquitectura. El alcalde Bermúdez ha dicho que, de acuerdo, que acatará la orden de los tribunales, agotados todos los recursos, pero que sobre los escombros del inmueble derribado se construirá otro. Uno, en su ignorancia, se pregunta si la justicia, incluyendo en ella a la Fiscalía de Medio Ambiente, no habrá ido demasiado lejos en este asunto. Sobre todo cuando peritos, letrados, denunciantes, defensores, fiscales, se han contradicho de una manera pertinaz en el procedimiento y cuando expertos reconocidos en Urbanismo, como José Ángel Domínguez Anadón, han escrito sobre la situación del inmueble, sobre su posible legalización y sobre errores en las valoraciones hechas por testigos y expertos durante el proceso. En la justicia, como en otros ámbitos de la vida, la obstinación es mala. Y yo percibo un interés poco usual en la Fiscalía, en la acusación particular y en los tribunales actuantes por tirar el edificio. No entiendo absolutamente nada, aunque si yo no creo en la justicia divina, cuanto menos voy a creer en la justicia de los hombres -y de las mujeres- que componen los tribunales. Este es el país de las maravillas, en donde se derriba un edificio que ha costado siete millones de euros para levantar otro casi igual. ¿No podría la justicia ser más lógica? ¿O a lo mejor es una cuestión de las leyes, que son malas? ¿Por qué ese afán por el derribo, por parte de las acusaciones pública y privada, y de la propia justicia? A mí que me lo expliquen.

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